Él veía la ciudad como un infinito potencial para plasmar arte en todo el espacio urbano
Raúl Lorea
El pasado 20 de julio, recibí una noticia terrible, que esperaba no sucediera, pero, por el contexto, era inevitable.
Mi tío Ildefonso Lorea (Ponchín, como lo conocemos en la familia) había dejado de existir en este mundo terrenal, en el hospital donde había pasado el último mes, en su amada ciudad, León (Guanajuato).
Independientemente del enorme vacío que deja un familiar cercano al partir, me permito destacar que fue un gran artista. Era creativo hasta al parpadear y con un carisma único que volvía sus pláticas sumamente interesantes, como cuando me explicaba alguna tendencia artística o como creó alguna escultura, desde dónde colocarla, la selección de materiales, el concepto y el diseño, hasta su montaje e inauguración.
Cuando le dije que estudiaría arquitectura, mostró entusiasmo y no dudó en compartirme muchas ideas, sugerencias, temas por investigar y hasta estilos arquitectónicos.
Él veía la ciudad como un infinito potencial para plasmar arte en todo el espacio urbano. Al desplazarnos por las vialidades de León, señalaba puntos donde se le ocurrían ideas, entre ellas, su obra más conocida: el conjunto escultórico La Tenería (el arriero y los burritos del Malecón).
De él aprendí a amar mi Querétaro como él amó a León, Guanajuato, y me sembró la inquietud de aportar algo, desde mi profesión, para mejorar el entorno urbano. Con muchas obras artísticas en todo León, partió mi tío, dejando un legado artístico invaluable y muy querido por las y los leoneses. Descansa en paz, tío Ponchín.