Las elecciones de junio pasado eran trascendentales en diferentes sentidos. Uno de ellos era para que el partido político del presidente demostrara músculo político en un ejercicio democrático intermedio, situación que se dio a medias a causa de lo opacidad en sus procesos internos. Otra de las metas era darle un “estate quieto” a la coalición Va por México, que hizo circo, maroma y teatro por recuperar la confianza del electorado y volver a posicionarse como un contrapeso real al Gobierno obradorista y probablemente el último objetivo se reduce a quitarle la mayoría en la cámara de diputados a la coalición Morena, PT y PVEM.
A las pocas horas de los comicios, personajes como Marko Cortés, ‘Alito’ Moreno y Jesús Zambrano hicieron público sus resultados optimistas y ganadores, que se fueron desgranando conforme los conteos avanzaban. Al final, Morena cumplió muy a medias, la coalición PRIANRD demostró que ni juntos la arman y la mayoría en la cámara sigue en manos del partido en el Gobierno. Misma mayoría que fue determinante para la aprobación del presupuesto para el año 2022, en donde órganos como el INE tienen un necesario recorte y sectores importantes como salud aumentaron su capacidad financiera, al mismo tiempo que se sigue apostando por reforzar los programas sociales que desde el inicio de la gestión de AMLO han sido vitales para beneficiar a los sectores más desprotegidos de la población mexicana.
Hoy, AMLO no tiene competencia, el empresariado ha tenido que acoplarse a la nueva realidad en la Administración pública, el beneficio de la austeridad republicana ha sido para propios y extraños y, mejor aún, la oposición no sabe cómo hacerle para ser competitiva. Lástima por aquellos que soñaban con una alternancia. La continuidad de la 4T está más firme que nunca.