El titular del Poder Ejecutivo y jefe de Estado de nuestro país conmemorará este primero de diciembre tres años de su Gobierno con indicadores sobresalientes en materia de comunicación presidencial.
La polarización partidaria prevaleciente en el país pudiera generar polémica sobre los resultados en otros sectores del Gobierno, pero los datos duros sobre la percepción del máximo mandatario del país son irrefutables.
Con base en la literatura y estudios especializados, además de la experiencia en el ejercicio profesional de la comunicación presidencial, se afirma que se gestiona y se cuenta con una estrategia eficaz cuando:
1) La reputación, la imagen y el prestigio del presidente son sólidos y a prueba de balas.
2) La mayoría de los ciudadanos lo identifican con un posicionamiento único y contundente, poseedor de una idea por defender y una meta que alcanzar.
3) La aprobación de Gobierno es ascendente y constantemente aprobatoria a pesar de las crisis y coyunturas.
4) El mandatario cuenta con alta capacidad de persuasión en el sentido de maximizar su habilidad para protegerse, ganar aliados y amplificar el malestar de sus adversarios, además de lograr sus objetivos.
5) Las expectativas ciudadanas siguen inalteradas a pesar del paso de los primeros años de Gobierno.
En este caso, la comunicación del presidente de México cumple –sin tener otros datos– con dichos indicadores. Las encuestas más recientes indican que el presidente conserva niveles de credibilidad, confianza y es percibido como cercano y honesto. El combate a la corrupción y combate a la pobreza, sus principales banderas, más identificados; los programas sociales y la aplicación de la ley, su sustento popular.
La aprobación gubernamental, de acuerdo con la más reciente medición de Laredo y Buendía publicada por un medio de circulación nacional, lo ubica con el 68 por ciento de aprobación.
Muchos analistas en esta materia debaten las tácticas y cuestionan los métodos para lograr estos resultados.
Podrán controvertir sobre la técnica y relato en el discurso, el empleo de narrativas de ataque y contraataque, los mecanismos de difusión como las conferencias mañeras o los contenidos sabatinos en redes sociales o el trabajo permanente en tierra a través de las giras por el país.
Todas estas acciones de comunicación hoy en día son filtradas por el tamiz del análisis riguroso y por la constante calificación de ser tácticas propias del socialismo del siglo XXI.
Independientemente de juicios ideológicos y adjetivaciones, nos guste o no, en lo que si no hay punto de debate es que los números subrayan efectividad.
La influencia presidencial, sostenida en una estrategia dual premio-castigo, también genera una amplia transferencia de capital político a su partido, Morena, el cual tiene la mejor intención de voto para las próximas elecciones, incluyendo la presidencial.
El partido gobernará, según las encuestas, la mayoría de las entidades federativas antes de la sucesión del 2024.
De igual forma, la estrategia de comunicación presidencial –con la táctica de fragmentación– ha posicionado a la oposición como débil y corrupta sin que sus líderes tengan la capacidad necesaria de generar mecanismos para contrarrestar mediáticamente y en la opinión pública esa percepción.
APUNTE DEL CONSULTOR
Para generar balances entre la influencia presidencial y las entidades federativas, los nuevos gobernadores de la oposición –aunque son cada vez menos– podrían construir y posicionar en su persona figuras de liderazgo regional.
Construir imágenes de líderes sociales por zonas estratégicas en el país que respondan a las necesidades de sus electores y no a los intereses de sus partidos puede ser una de las primeras acciones de contrapeso.
Mantener los tres años restantes del sexenio la lógica política de choque de bloques aliancistas encabezados por líderes partiditas débiles es perder la oportunidad de construir su propia historia.