En aquel tiempo, la gente preguntaba a Juan el Bautista: ¿«Qué tenemos que hacer?» Y les contestaba: «El que tenga dos túnicas, dé una al que no tiene; y el que tenga comida, compártala con el que no la tiene». Vinieron también a bautizarse algunos de los que recaudaban impuestos para Roma y le preguntaron: «Maestro, ¿qué tenemos que hacer?» Él les respondió: «No exijan nada fuera de lo establecido». También los soldados le preguntaron: «¿Y nosotros qué tenemos que hacer?» Juan les contestó: «A nadie extorsionen, ni denuncien falsamente, y conténtense con su salario». El pueblo estaba a la expectativa y todos se preguntaban si no sería Juan el Mesías. Entonces Juan les dijo: «Yo los bautizo con agua; pero viene el que es más fuerte que yo, a quien no soy digno de desatar las correas de sus sandalias. El los bautizará con Espíritu Santo y fuego. En su mano tiene la horquilla para separar el trigo de la paja y recoger el trigo en su granero; pero la paja la quemará con un fuego que no se apaga». Con éstas y otras muchas exhortaciones anunciaba al pueblo la Buena Noticia.
REFLEXIÓN
¿Qué hemos de hacer?
Padre Nicolás Schwizer
Instituto de los Padres de Schoenstatt
San Juan Bautista, la gran figura de Adviento, nos anuncia como todos los años la proximidad del Señor. Y como preparación a su venida en Navidad, nos invita a la conversión. Porque la conversión es posible para todos, incluso para los publícanos y soldados. Y, a la vez, es necesaria para todos, aun para los fariseos que se creen dispensados de ello.
El mensaje de Juan Bautista, en el Evangelio de hoy, es el siguiente: ¡Demostrad la conversión en obras!
La verdadera conversión se traduce en el servicio dirigido a los hermanos, por ejemplo compartiendo con ellos la comida o el vestido. Nadie tiene cosas sólo para sí mismo. Nadie se puede llamar dueño absoluto de sus bienes. Convertirse significa poner lo que uno es y tiene al servicio de los demás.
Esta actitud se puede actualizar entre aquellos mismos hombres que parecen servidores de un estado o una situación injusta. Los publícanos y los soldados de ocupación eran para Israel la expresión más viviente de la injusticia: Representaban la dictadura del dinero inmoral o del poder opresor.
Pero Juan extiende también a ellos el llamado a la conversión siempre que no abusen de su ley, su situación y su fuerza, siempre que compartan lo que tienen con los pobres. Entonces, ¿qué debemos hacer nosotros? ¿Cómo podemos mostrar que nos hemos convertido realmente?
Pienso que Juan Bautista también a nosotros nos daría la misma respuesta del Evangelio: “El que tenga dos túnicas, que se las reparta con el que no tiene. Y el que tenga comida, haga lo mismo.”
Y enseguida nos damos cuenta de que no se trata de un juego. Cada uno se ve despojado de su falsa buena voluntad, de su sentimentalismo religioso. Entra dentro de sí mismo y sabe que le va a costar convertirse.
Todo queda reducido de pronto a una cuestión muy sencilla y muy dura: ¿Me atreveré a compartir todo lo mío con los demás?
Hay una señal para saber si uno oye la palabra de Dios: que le haga daño, que le revele lo que no quería saber, que le alcance hasta aquel punto en que él se defiende con todas sus fuerzas. “La palabra de Dios es viva y eficaz, más penetrante que espada de doble filo. Penetra hasta la raíz del alma y del Espíritu, sondeando los huesos y los tuétanos para probar los deseos y los pensamientos más íntimos”.
Queridos hermanos, por medio de San Juan Bautista el Señor nos invita a preparamos para Navidad. ¡Que la conversión en hombres solidarios, en hombres que sepan compartir, sea este año el milagro de la Nochebuena para cada uno de nosotros!