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14 de diciembre 2021

Roberto Mendoza

 

En dos años, la vida nos cambió. Desde 2020, ya nada es igual. La pandemia nos ha hecho diferentes; a nivel mundial nos ha dejado una sensación de orfandad. Hace solo unos meses, los que tuvimos la suerte de hacer ‘home office’ empezamos a medio asomar la cabeza de nuestras casas, a volver a las oficinas, a regresar un poco a la vida que considerábamos cotidiana, con un elemento que seguramente no dejaremos en un largo rato: el cubrebocas.

Seguramente, muchos seguiremos con él, sobre todo en lugares públicos o donde no conozcamos a nadie, más en invierno, que fue cuando supimos que portarlo ayuda a enfermarnos menos de enfermedades respiratorias.

En casa y en la oficina, no sabemos bien a bien cómo saludar a los demás, algunos seguimos abrazándonos, otros usamos el puño y a otros solo “de lejos”. El efecto más abrumador de la pandemia es que tenemos la certeza de que somos vulnerables; una muestra es la reacción mundial a la variante ómicron, que hizo que países enteros volvieran a cerrar sus puertas y que empresas empezaran a regresar a sus casas a sus empleados. Así estaremos: con miedo; a la menor noticia de alguna otra variante o al enterarnos de otra enfermedad que ataque al mundo, nos volveremos a encerrar.

En México, no solo hemos tenido estos cambios; han muerto más de 600 mil personas que en condiciones normales no habrían dejado este mundo. A todos nos hacen falta; los extrañamos. Otros no murieron, pero ya no los vemos, porque muchas empresas se vieron en la necesidad de recortar personal, en el mejor de los casos, otras cerraron definitivamente. El Gobierno asegura que la tasa de desempleo ha disminuido; puede ser porque muchos aceptamos, debido a la urgente necesidad de dinero, el trabajo que sea. Lo más preocupante es que en el país hay 31.4 millones de personas en la informalidad, personas que venden lo que sea o que se emplean como pueden, porque no hay otra cosa. Estas personas viven al día, sin mucha perspectiva y con poca esperanza.

Estas personas, además de no tener buenas condiciones de trabajo, no tienen derecho a enfermarse porque, aunque en teoría la atención a la salud es gratuita, la realidad es que no es cierto. Tampoco van a tener derecho a una Navidad muy festiva. No solo nuestra economía está mal, sino la de todo el mundo, pero en el país el Gobierno no ha hecho nada por ayudar, los precios de algunos alimentos han aumentado hasta el 120 por ciento, en general la inflación ha aumentado en 7 por ciento, pero se acerca el fin de año y los precios siempre tienden a subir; esta será una dura Navidad para muchas familias.

En 2022 nos espera con nuevas sorpresas, muchas de ellas ya anunciadas. Pronto habrá un encontronazo político. En marzo, el INE posiblemente no pueda organizar la consulta para revocar el mandato del presidente; será una batalla ganada por ‘default’ para quienes apoyan a este régimen. En junio se vivirán nuevas elecciones, donde seguramente veremos crecer el número de gobernadores de Morena.

También, habrá una batalla que se ha ido postergando: la reforma a la ley eléctrica. Si las elecciones no pudieron, quizá esta reforma sí destruya la coalición Va por México. Ojalá el Frente Cívico Nacional logre despuntar. La ‘oposición’ está pavimentando la sucesión de quien quiere ser la próxima presidenta de México. Siempre hay una nueva esperanza, y una de ellas puede ser un horizonte pintado de naranja. Pero la más importante viene de nosotros, habrá que rechazar al máximo la polarización, no caer en el juego del odio. Solo unidos podemos salir adelante para construir un mejor futuro, un mejor México.

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