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22 de diciembre 2021

Alejandro Gutiérrez

 

De manera increíble, el electorado de Chile le ha brindado una amplia victoria (55.87 por ciento contra 44.13 por ciento), en segunda vuelta, al candidato de izquierda Gabriel Boric Font, quien tomará posesión en marzo.

Boric, quien ha sido señalado por la prensa norteamericana como el “candidato de los tatuajes” (no es el único, pues también el canadiense Justin Trudeau usa uno), es el personaje más a la izquierda que ha presidido Chile después de Salvador Allende. No terminó su carrera de abogado, ha sido diputado dos veces y auspició los motines que hace dos años han incendiado Chile. Fuera de los cargos públicos, jamás ha trabajado y ha vivido del activismo. Una figura que nos es familiar.

La mejor economía de América Latina se vio sacudida por actos abiertamente terroristas, que se enfrentaron a la pusilanimidad y la cobardía del presidente Sebastián Piñera, quien vio, indolente, las agresiones a los Carabineros y Fuerzas Armadas chilenas.

En las protestas recientes, se ha pedido justicia por los jóvenes muertos en los motines, como si no hubieran sido ellos quienes los arrojaron al matadero, y se han lanzado consignas contra la policía, los políticos y las grandes corporaciones; estas últimas han permitido el gran desarrollo económico del país.

No hay engaño y hoy resulta muy fácil adivinar lo que ocurrirá: Se irán los capitales, las bandas del crimen organizado se apoderarán de grandes sectores, pagando enormes cuotas a los políticos en el poder, quienes de la noche a la mañana se harán archimillonarios. Las instituciones se irán diluyendo poco a poco y sus defensores serán pintados como los peores enemigos del pueblo. La economía se irá a pique y de ello se les echará la culpa a los ricos. El chileno medio se hará más pobre, sorprendentemente en la economía más fuerte de América Latina. Existe –y Piñera no hizo nada por evitarlo– una considerable división entre los chilenos que pone al país al borde de la guerra civil.

Para nadie es un secreto que profesionales de la desestabilización llegaron, apadrinados por el Foro de Sao Paulo, desde Venezuela y Cuba. Varios fueron detenidos, pero a Piñera le temblaron las piernas.

En lo que Mario Vargas Llosa definió como un “suicidio colectivo”, los chilenos le han dado la espalda al progreso, a la mejora, a las libertades y han optado por la corrupción, el derroche, la pobreza y el atraso. De no creerse.

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