Hoy comienza la primera semana de muchas más en la que la atención de los asuntos públicos se verá dispersa. Gran parte de la población tanto masculina como femenina estará enfocada en el mundial de futbol.
Con esta justa deportiva internacional habrá quienes busquen, con sus ocurrencias, ganar el beneplácito y la simpatía del elector, sin embargo, serán días en el que los millones de espectadores se habrán separado del acontecer político para olvidar a las y los políticos en precampaña disfrazada y simulada.
Millones de mexicanas y mexicanos transitarán por unas tres semanas a las tierras donde el tiempo nominal haga pausa con los juegos de la selección nacional y surja la comunión colectiva del mexicano y dejen por un momento las polarizaciones de la vida corriente.
Si bien es cierto que todo girará en torno al mundial del futbol, no podemos abstraernos que esta competencia futbolística también tiene muchas similitudes con la política y con nuestras aspiraciones a vivir mejor en sociedad.
El futbol expresa nuestras motivaciones, es el reflejo del esfuerzo en conjunto para alcanzar metas, del cumplimento de las reglas para competir, del juego limpio (del fair play) de los equipos y competidores, de la autonomía e independencia de árbitros libres capaces de sancionar al infractor y no pecar de omisos ante el benefactor o anfitrión organizador del momento.
En cada juego mundialista, se ponen en práctica la destreza, la habilidad, la fortaleza, precisión, velocidad, pero lamentablemente también habrá quienes con malicia y la pillería busquen sorprender el rival o los jueces para avanzar de manera individual más que colectivamente.
Cada juego ganado no solo es la representación del triunfo de 11 jugadores sobre otros, sino que representa una victoria colectiva, un triunfo de multitudes, la persuasión e inercia natural y automática de seguir al ganador
En cada encuentro los elegidos jugadores, sabedores que representa a miles de personas y no solamente a ellos mismos, buscarán no ser moralmente derrotados junto con los sueños de ciudadanos y seguidores que depositaron sus esperanzas al darles un voto de confianza al verlos en la TV.
Ganar, también, representa no solo sumar puntos o seguir avanzando en la competencia, significa ganar reputación, prestigio, fama e incluso ser temido por el rival en los próximos encuentros.
La mayoría de las veces para lograr esos triunfos, se obliga a construir, exponer y discutir una estrategia antes del juego y del desarrollo minucioso de tácticas durante el mismo. Es conocido que cada ocurrencia es una oportunidad para el rival.
Se sabe que una mala selección de jugadores o una equivocada alineación puede ser motivo de la derrota, a pesar de que siempre el ciudadano, desde la grada sueña, con el factor de la suerte y el de la esperanza y la posibilidad que los haga ganar por lejana que sea esta.
Cada enfrentamiento implica valentía, humildad y motivación para enfrentar a un contrincante por más fuerte que este sea percibido. Saben que, como en una elección de candidatos, la campaña o los 90 minutos de juego cuentan todos los instantes.
Hoy el futbol como la política implica no solo apreciar los goles de las fuertes potencias, que es lo que atrae a la persona aficionada al futbol, sino la generación de sentimiento y de pertenecía al ver un encuentro competitivo de su selección nacional.
El público como el elector o las y los ciudadanos siempre esperamos un ganador valiente, entregado, pero humilde y con propuesta que genere expectativas sueños y esperanzas.
En la política como el juego del futbol siempre habrá también ganadores egomaniáticos temperamentales que cambian de parecer para no ser sancionados por el árbitro o sacados del juego por violar la ley, pero la mayoría de las veces su prepotencia y falta de conexión con su público, les hará ser sonoramente abucheados a pesar de ser declarados ganadores.
Es tiempo de futbol y del humor social que con ello conlleva para los asuntos públicos, electorales y de comunicación de gobierno próximos.