La semana pasada visité dos países africanos: la República Democrática del Congo y Sudán del Sur. Doy las gracias a Dios que me ha permitido realizar este viaje, deseado desde hace tiempo. Dos “sueños”: visitar al pueblo congoleño, custodio de un país inmenso, pulmón verde de África: junto a la Amazonia, son los dos pulmones del mundo.
Los primeros tres días estuve en Kinsasa, capital de la República Democrática del Congo. El Congo es como un diamante, por su naturaleza, por sus recursos, sobre todo por su gente; pero este diamante se ha convertido en motivo de contiendas, de violencias, y paradójicamente de empobrecimiento del pueblo. Es una dinámica que se encuentra también en otras regiones africanas, y que vale en general para ese continente: continente colonizado, explotado, saqueado. Frente a todo esto dije dos palabras: la primera es negativa, “¡basta!”, ¡basta de explotar África! He dicho otras veces que en el inconsciente colectivo está “África debe ser explotada”: ¡basta con esto! Dije eso. La segunda es positiva: juntos, juntos con dignidad, todos juntos, con respeto recíproco, juntos en el nombre de Cristo, nuestra esperanza, ir adelante. No explotar e ir adelante juntos.
También en Kinsasa hubo otros encuentros: con las víctimas de la violencia en el este del país, la región que desde hace años está desgarrada por la guerra entre grupos armados manejados por intereses económicos y políticos.
Un momento entusiasmante fue el encuentro con los jóvenes y los catequistas congoleños en el estadio. Fue como una inmersión en el presente proyectado hacia el futuro. ¡Pensemos en la fuerza de renovación que puede llevar a esa nueva generación de cristianos, formados y animados por la alegría del Evangelio! A ellos, a los jóvenes, les indiqué cinco caminos: la oración, la comunidad, la honestidad, el perdón y el servicio. A los jóvenes del Congo les dije: vuestro camino es este; oración, vida comunitaria, honestidad, perdón y servicio. Que el Señor escuche el grito que invoca paz y justicia.
Después, en la Catedral de Kinsasa me reuní con los sacerdotes, los diáconos, los consagrados y las consagradas y los seminaristas. Son muchos y son jóvenes, porque las vocaciones son numerosas: es una gracia de Dios. Les exhorté a ser servidores del pueblo como testigos del amor de Cristo, superando tres tentaciones: la mediocridad espiritual, la comodidad mundana y la superficialidad.
Después, la segunda parte del viaje tuvo lugar en Yuba, capital de Sudán del Sur, Estado nacido en 2011. Esta visita tuvo una fisonomía totalmente particular, expresada por el lema que retomaba las palabras de Jesús: “Rezo para que sean una sola cosa” (cfr. Jn 17,21). De hecho, se trató de una peregrinación ecuménica de paz, realizada junto a los jefes de dos Iglesias históricamente presentes en esa tierra: la Comunión Anglicana y la Iglesia de Escocia.
El carácter ecuménico de la visita a Sudán del Sur se manifestó en particular en el momento de oración celebrado junto con los hermanos anglicanos y con los de la Iglesia de Escocia. Juntos escuchamos la Palabra de Dios, juntos le dirigimos oraciones de alabanza, de súplica y de intercesión. En una realidad fuertemente conflictual como la de Sudán del Sur este signo es fundamental, y no es descontado, porque lamentablemente está quien abusa del nombre de Dios para justificar violencias y abusos.
Hermanos y hermanas, Sudán del Sur es un país de unos 11 millones de habitantes ―¡pequeño!― de los cuales, a causa de los conflictos armados, dos millones son desplazados internos y otros tantos han huido a países vecinos.
Recemos para que, en la República Democrática del Congo y en Sudán del Sur, y en toda África, broten las semillas de su Reino de amor, de justicia y de paz.