Siempre, es un placer dirigirme a las mujeres y hombres de ciencia, así como a las personas que, en la Iglesia, cultivan el diálogo con el mundo científico. Juntos pueden servir a la causa de la vida y del bien común.
En la Asamblea General de este año, se han propuesto abordar la cuestión que, hoy, se define como “policrisis”. Esta concierne a algunos aspectos fundamentales de su actividad de investigación en el campo de la vida, la salud y la asistencia. El término “policrisis” evoca la gravedad de la coyuntura histórica que estamos viviendo, en la que confluyen guerras, cambio climático, problemas energéticos, epidemias, fenómenos migratorios y la innovación tecnológica. La combinación de estas dificultades, que afectan simultáneamente a diferentes dimensiones de la vida, nos lleva a preguntarnos acerca del destino del mundo y de nuestra comprensión del mismo.
Un primer paso que debemos dar es examinar, con mayor atención, cuál es nuestra representación del mundo y del cosmos. Si no lo hacemos y si no analizamos seriamente nuestras profundas resistencias al cambio, tanto como personas como como sociedad, seguiremos haciendo lo que hemos hecho con otras crisis, incluso muy recientes. Pensemos en la pandemia de COVID: la hemos, por así decirlo, desaprovechado; podríamos haber trabajado más a fondo en la transformación de las conciencias y las prácticas sociales (cf. Exhort. ap. Laudate Deum, 36).
Y otro paso importante para evitar quedarnos inmóviles, anclados en nuestras certezas, en nuestras costumbres y en nuestros miedos es escuchar atentamente la contribución de los conocimientos científicos. El tema de la escucha es decisivo.
Escuchar a las ciencias nos ofrece continuamente nuevos conocimientos. Consideremos lo que nos dicen sobre la estructura de la materia y la evolución de los seres vivos: surge una visión de la naturaleza mucho más dinámica de lo que se pensaba en tiempos de Newton. Nuestra forma de entender la “creación continua” debe ser reelaborada, sabiendo que no será la tecnocracia la que nos salvará (cf. enc. Laudato si’, 101): favorecer una desregulación utilitarista y neoliberal a escala planetaria significa imponer, como única regla, la ley del más fuerte y es una ley que deshumaniza.
Estas formas de interpretar el mundo y su evolución, con las inéditas modalidades de relación que les corresponden, pueden darnos signos de esperanza, que buscamos como peregrinos durante este año jubilar (cf. Bula Spes non confundit, 7). La esperanza es la actitud fundamental que nos sostiene en el camino. No consiste en esperar con resignación, sino en tender, con ímpetu, hacia la vida verdadera, que va mucho más allá del estrecho perímetro individual.
También por esta dimensión comunitaria de la esperanza, ante una crisis compleja y planetaria, estamos solicitados a valorar los instrumentos que tengan un alcance global. Lamentablemente debemos constatar una progresiva irrelevancia de los organismos internacionales, que se ven minados también por actitudes miopes, preocupadas por proteger intereses particulares y nacionales y, sin embargo, debemos seguir comprometidos, con determinación, en favor de “organizaciones mundiales más eficaces, dotadas de autoridad para asegurar el bien común mundial, la erradicación del hambre y la miseria y la defensa segura de los derechos humanos fundamentales” (Carta enc. Fratelli tutti, 172). De esta manera, se promueve un multilateralismo que no dependa de las circunstancias políticas cambiantes o de los intereses de unos pocos y que tenga una eficacia estable (cf. Exhort. ap. Laudate Deum, 35). Se trata de una tarea urgente que concierne a toda la humanidad.