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23 de julio 2023

La voz del vicario de Cristo

La vejez es el momento propicio para el testimonio conmovedor y alegre de esta espera. El anciano y la anciana están a la espera, a la espera de un encuentro. En la vejez, las obras de la fe, que nos acercan a nosotros y a los demás al reino de Dios, están ya más allá del poder de las energías, palabras e impulsos de la juventud y la madurez. Pero hacen aún más transparente la promesa del verdadero destino de la vida. ¿Y cuál es el verdadero destino de la vida? Un lugar en la mesa con Dios, en el mundo de Dios. Sería interesante ver si existe alguna referencia específica en las iglesias locales, destinada a revitalizar este ministerio especial de espera del Señor —es un ministerio, el ministerio de la espera del Señor— fomentando los carismas individuales y las cualidades comunitarias de la persona mayor.

Una vejez que se consume en el desconsuelo de las oportunidades perdidas trae consigo el desconsuelo para uno mismo y para todos. En cambio, la vejez vivida con dulzura, vivida con respeto por la vida real disuelve definitivamente el malentendido de una potencia que debe bastarse a sí misma y a su propio éxito. Incluso disuelve el malentendido de una Iglesia que se adapta a la condición mundana, pensando así en gobernar definitivamente su perfección y realización. Cuando nos liberamos de esta presunción, el tiempo de envejecimiento que Dios nos concede es ya en sí mismo una de esas obras “mayores” de las que habla Jesús. De hecho, es una obra que a Jesús no le fue dada: ¡su muerte, resurrección y ascensión al cielo la hicieron posible para nosotros! Recordemos que “el tiempo es superior al espacio”. Es la ley de la iniciación. Nuestra vida no está destinada a cerrarse sobre sí misma, en una imaginaria perfección terrenal: está destinada a ir más allá, a través del paso de la muerte —porque la muerte es un paso—. En efecto, nuestro lugar estable, nuestro punto de llegada no está aquí, está junto al Señor, donde Él habita para siempre.

La vejez conoce definitivamente el sentido del tiempo y las limitaciones del lugar en el que vivimos nuestra iniciación. La vejez es sabia por eso: los ancianos son sabios por eso. Por eso es creíble cuando nos invita a alegrarnos del paso del tiempo: no es una amenaza, es una promesa. La vejez es noble, no necesita maquillarse para hacer ver la propia nobleza. Tal vez el maquillaje va cuando falta la nobleza. La vejez es creíble cuando invita a alegrarse del paso del tiempo: pero el tiempo pasa y esto no es una amenaza, es una promesa.

MT

 

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