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3 de septiembre 2023

La voz del vicario de Cristo

Al continuar nuestra catequesis sobre el tema del celo apostólico y la pasión por el anuncio del Evangelio, vamos a fijarnos hoy en santa Catalina Tekakwitha, la primera mujer nativa de América del Norte canonizada. Nacida hacia 1656 en un pueblo del norte del estado de Nueva York, era hija de un jefe mohawk no bautizado y de una madre algonquina cristiana, que enseñó a Catalina a rezar y a cantar himnos a Dios. A muchos de nosotros también nos presentaron al Señor por primera vez en la familia, especialmente nuestras madres y abuelas. Así comienza la evangelización y, de hecho, no olvidemos esto, que la fe siempre la transmiten en dialecto las madres, las abuelas. La fe debe transmitirse en dialecto y nosotros la recibimos en este dialecto de nuestras madres y abuelas. La evangelización comienza a menudo así: con gestos sencillos, pequeños, como los padres que ayudan a sus hijos a aprender a hablar con Dios en la oración y les hablan de su amor grande y misericordioso. Y los fundamentos de la fe para Catalina  y a menudo también para nosotros, se pusieron así. Ella la recibió de su madre en dialecto, el dialecto de la fe.

Cuando Catalina tenía cuatro años, una grave epidemia de viruela azotó a su pueblo. Murieron sus padres y su hermano pequeño, y Catalina quedó con cicatrices en la cara y problemas de visión. A partir de entonces, Catalina tuvo que enfrentarse a muchas dificultades: sin duda, las físicas debidas a los efectos de la viruela, pero también las incomprensiones, persecuciones e incluso amenazas de muerte que sufrió tras su bautismo el domingo de Pascua de 1676. Todo ello hizo que Catalina sintiera un gran amor por la cruz, signo último del amor de Cristo, que se entregó hasta el final por nosotros. Dar testimonio del Evangelio no consiste solo en lo que es agradable; también hay que saber llevar las cruces de cada día con paciencia, confianza y esperanza. Paciencia ante las dificultades, ante las cruces: la paciencia es una gran virtud cristiana. Quien no tiene paciencia no es un buen cristiano. La paciencia para tolerar: tolerar las dificultades y también tolerar a los demás, que a veces te aburren o te ponen dificultades… La vida de Catalina Tekakwitha nos muestra que todo desafío puede superarse si abrimos nuestro corazón a Jesús, que nos concede la gracia que necesitamos: paciencia y un corazón abierto a Jesús, esta es la receta para vivir bien.

No lo olvidemos: cada uno de nosotros está llamado a la santidad, a la santidad cotidiana, a la santidad de la vida cristiana común. Cada uno de nosotros tiene esta llamada: continuemos por este camino. El Señor no nos fallará.

MT

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