He aquí, por tanto, la más “combativa” de las virtudes. La primera de las virtudes cardinales, la prudencia, se asocia, sobre todo, a la razón del ser humano y la justicia reside en la voluntad; en cambio, esta tercera virtud, la fortaleza, ha sido, a menudo, asociada, por los autores escolásticos, a lo que los antiguos llamaban “apetito irascible”. El pensamiento de los antiguos no imaginó un ser humano sin pasiones: sería una piedra. Y las pasiones en sí no son necesariamente el residuo de un pecado, pero deben ser educadas, deben ser dirigidas, deben ser purificadas con el agua del Bautismo o, mejor, con el fuego del Espíritu Santo. Un cristiano sin valentía, que no doblega sus propias fuerzas al bien, que no molesta a nadie, es un cristiano inútil. ¡Pensemos en esto! Jesús no es un Dios diáfano y aséptico que no conoce las emociones humanas. Todo lo contrario. Ante la muerte de su amigo Lázaro, rompe a llorar y, en algunas de sus expresiones, resplandece su espíritu apasionado, como cuando dice: “Yo he venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía que ya estuviera ardiendo!” (Lc 12,49), y, frente al comercio en el templo, reaccionó con fuerza (cfr. Mt 21,12-13). Jesús tenía pasión.