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19 de mayo 2024

La voz del vicario de Cristo

Hoy, vamos a hablar de la tercera virtud teologal, la caridad. Las otras dos, recordamos, eran la fe y la esperanza. Hoy, hablaremos de la tercera, la caridad. Es el culmen de todo el itinerario que hemos recorrido con las catequesis sobre las virtudes. Pensar en la caridad ensancha inmediatamente el corazón, la mente corre hacia las inspiradas palabras de San Pablo en la Primera Carta a los Corintios. Como conclusión de ese maravilloso himno, San Pablo cita la triada de las virtudes teologales y exclama: “En una palabra, quedan estas tres: la fe, la esperanza y el amor. La más grande es el amor” (1 Co 13,13). Pablo dirige estas palabras a una comunidad que distaba mucho de ser perfecta en el amor fraterno: los cristianos de Corinto eran, más bien, pendencieros, había divisiones internas, había quienes pretendían tener siempre la razón y no escuchaban a los demás, considerándolos inferiores. A ellos, Pablo les recuerda que la ciencia engríe, mientras que la caridad edifica (cf. 1 Co 8,1). A continuación, el Apóstol recoge un escándalo que afecta incluso al momento de mayor unidad de una comunidad cristiana, a saber, la “Cena del Señor”, la celebración de la Eucaristía: incluso allí, hay divisiones y hay quien aprovecha para comer y beber excluyendo a los que no tienen nada (cf. 1 Co 11,18-22). Frente a esto, Pablo pronuncia un juicio severo: “Así, pues, cuando se reúnen, lo suyo ya no es comer la cena del Señor” (v. 20): ustedes tienen otro ritual, que es pagano. No es la cena del Señor.

Quién sabe, tal vez, nadie en la comunidad de Corinto pensara que había pecado y aquellas duras palabras del Apóstol sonaban un poco incomprensibles para ellos. Probablemente todos estaban convencidos de que eran buenas personas y, al ser interrogados sobre el amor, habrían respondido que el amor era, sin duda, un valor muy importante para ellos, al igual que la amistad y la familia. Incluso hoy en día, el amor está en boca de muchos, en la boca de muchos ‘influencers’ y en los estribillos de muchas canciones. Se habla tanto del amor, pero ¿qué cosa es el amor?

“¿Pero el otro amor?”, parece preguntar Pablo a sus cristianos de Corinto. No el amor que sube, sino el que baja; no el que quita, sino el que da; no el que aparece, sino el que está oculto. A Pablo, le preocupa que, en Corinto, como también entre nosotros hoy, haya confusión y que, de la virtud teologal del amor, la que viene solo de Dios, en realidad, no haya ni rastro y, si, incluso de palabra, todos aseguran que son buenas personas, que aman a su familia y a sus amigos, en realidad, saben muy poco del amor de Dios.

El amor es caridad. Enseguida, nos damos cuenta de que es un amor difícil, incluso imposible de practicar si no se vive en Dios. Nuestra naturaleza humana nos hace amar espontáneamente lo que es bueno y bello. En nombre de un ideal o de un gran afecto, podemos incluso ser generosos y realizar actos heroicos. Pero el amor de Dios va más allá de estos criterios. El amor cristiano abraza lo que no es amable, ofrece el perdón, ¡cuán difícil es perdonar!, ¿cuánto amor hace falta para perdonar?: El amor cristiano bendice a los que maldicen y estamos acostumbrados, ante un insulto, una maldición, a responder con otro insulto, con otra maldición. Es un amor tan audaz que parece casi imposible y, sin embargo, es lo único que quedará de nosotros. El amor es la “puerta estrecha” por la que debemos pasar para entrar en el Reino de Dios. Porque, al atardecer de la vida, no seremos juzgados por el amor genérico, sino juzgados precisamente por la caridad, por el amor que hemos dado concretamente y Jesús nos dice esto tan bello: “En verdad, les digo que cuanto hicieron a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí, me lo hicieron” (Mt 25,40). Esta es la cosa bella, la cosa grande del amor. ¡Adelante y ánimo!

MT

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