Una forma de realizar la lectura espiritual de la Palabra de Dios es lo que se llama la ‘lectio divina’, una palabra cuyo significado quizá no entendemos. Consiste en dedicar un tiempo del día a la lectura personal y meditada de un pasaje de las Escrituras y esto es muy importante: cada día, tómense un tiempo para escuchar, para meditar, leyendo un pasaje de la Escritura y, para ello, les recomiendo: tengan siempre un Evangelio de bolsillo y llévenlo en la bolsa, en los bolsillos… Así, cuando estén de viaje o cuando tengan un poco de tiempo libre, lo toman y leen… Esto es muy importante para la vida. Tomen un Evangelio de bolsillo y, durante el día, léanlo una vez, dos veces, cuando puedan. Pero la lectura espiritual de las Escrituras por excelencia es la lectura comunitaria que se realiza en la Liturgia, en la Santa Misa. Allí, vemos cómo un acontecimiento o una enseñanza dado en el Antiguo Testamento encuentra su plena realización en el Evangelio de Cristo y la homilía, ese comentario que hace el celebrante, debe ayudar a transferir la Palabra de Dios del libro a la vida, pero, para ello, la homilía debe ser breve: una imagen, un pensamiento, un sentimiento. La homilía no debe durar más de ocho minutos porque, después de ese tiempo, se pierde la atención y la gente se duerme y tiene razón. Una homilía debe ser así y esto es lo que quiero decir a los sacerdotes que hablan mucho a menudo y no se entiende de qué hablan. Una homilía corta: un pensamiento, un sentimiento y una indicación para la acción, cómo hacer. No más de ocho minutos porque la homilía debe ayudar a transferir la Palabra de Dios del libro a la vida y, entre las muchas palabras de Dios que escuchamos cada día en la Misa o en la Liturgia de las Horas, siempre, hay una que está destinada especialmente a nosotros. Algo que nos llega al corazón. Si la acogemos en nuestro corazón, puede iluminar nuestra jornada, animar nuestra oración. ¡Se trata de no dejar que caiga en saco roto!