Versículos que hablan a nuestro corazón es bueno repetirlos y rezarlos durante el día. Los salmos son oraciones «para todas las estaciones»: no hay estado de ánimo o necesidad que no encuentre, en ellos, las mejores palabras para convertirlos en oración. A diferencia de todas las demás oraciones, los salmos no pierden su eficacia a fuerza de repetirlos, al contrario, la aumentan. ¿Por qué? Porque están inspirados por Dios y «espiran» Dios cada vez que se leen con fe.
Si nos sentimos oprimidos por el remordimiento y la culpa porque somos pecadores, podemos repetir con David: «Ten piedad de mí, oh Dios, en tu amor; / en tu gran misericordia» (Sal 51,3), el salmo 51. Si queremos expresar un fuerte vínculo personal con Dios, decimos: «Oh Dios, tú eres mi Dios, / desde el alba te busco, / mi alma tiene sed de ti, / mi carne te anhela / en una tierra seca, sedienta y sin agua», salmo 63 (Sal 63,2). No es por casualidad que la liturgia ha incluido este salmo en las laudes de los domingos y de las solemnidades y, si nos asaltan el miedo y la angustia, estas maravillosas palabras del salmo 23 vienen en nuestro socorro: «El Señor es mi pastor […]. Aunque pase por valle tenebroso, / no temo ningún mal» (Sal 23,1.4).
Los salmos nos permiten no empobrecer nuestra oración reduciéndola solo a peticiones, a un continuo “dame, danos…”. Aprendemos del Padre Nuestro que, antes de pedir “el pan de cada día”, dice: “Santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad”. Los salmos nos ayudan a abrirnos a una oración menos egocéntrica: una oración de alabanza, de bendición, de acción de gracias y también nos ayudan a convertirnos en la voz de toda la creación, haciéndola partícipe de nuestra alabanza.