Una mirada, Jesús vio un movimiento, se levanta y, tercero, una meta. Después de haberse levantado y haber seguido a Jesús, ¿dónde irá Mateo? Podríamos imaginar que, cambiada la vida de ese hombre, el Maestro lo conduzca hacia nuevos encuentros, nuevas experiencias espirituales. No o, al menos, no enseguida. En primer lugar, Jesús va a su casa; ahí, Mateo le prepara “un gran banquete” en el que “había un gran número de publicanos” (Lc 5,29), es decir, gente como él. Mateo vuelve a su ambiente, pero vuelve cambiado y con Jesús. Su celo apostólico no empieza en un lugar nuevo, puro, un lugar ideal, lejano, sino ahí, empieza donde vive, con la gente que conoce. Este es el mensaje para nosotros: no debemos esperar ser perfectos y tener hecho un largo camino detrás de Jesús para testimoniarlo; nuestro anuncio empieza hoy ahí donde vivimos y no empieza tratando de convencer a los otros, convencer no, sino testimoniando, cada día, la belleza del Amor que nos ha mirado y nos ha levantado y será esta belleza, comunicar esta belleza, lo que convenza a la gente, no comunicarnos nosotros, sino al mismo Señor. Nosotros somos los que anuncian al Señor, no nos anunciamos a nosotros mismos ni anunciamos un partido político, una ideología, no: anunciamos a Jesús. Es necesario poner en contacto a Jesús con la gente sin convencerles, sino dejar que el Señor convenza. Como, de hecho, nos ha enseñado el Papa Benedicto: “La Iglesia no hace proselitismo. Crece mucho más por atracción” (Homilía en la misa inaugural de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, Aparecida, 13 de mayo de 2007). No olvidéis esto: cuando veáis a cristianos que hacen proselitismo, que te hacen una lista de gente para que vayas… estos no son cristianos, son paganos disfrazados de cristianos, pero el corazón es pagano. La Iglesia crece no por proselitismo, crece por atracción. Una vez, recuerdo que, en el hospital de Buenos Aires, se fueron unas monjas que trabajaban allí porque eran pocas y no podían sacar adelante el hospital y vino una comunidad de hermanas de Corea y llegaron, pongamos un lunes, por ejemplo, no recuerdo el día, tomaron posesión de la casa de las hermanas del hospital y, el martes, bajaron a visitar a los enfermos del hospital, pero no hablaban una palabra de español, solamente hablaban coreano y los enfermos estaban felices porque comentaban: “Buenas estas monjas, buenas, buenas”. Pero ¿qué te ha dicho la monja? “Nada, pero, con la mirada, me ha hablado, han comunicado a Jesús”. No comunicarse a sí mismo, sino, con la mirada, con los gestos, comunicar a Jesús. Esta es la atracción, lo contrario del proselitismo.