Queridos hermanos y hermanas, partimos y volvemos a partir, como Iglesia, desde el Espíritu Santo. “Sin duda, es importante que, en nuestras programaciones pastorales, partamos de encuestas sociológicas, de análisis, de la lista de las dificultades, de la lista de expectativas y quejas. Sin embargo, es mucho más importante partir de las experiencias del Espíritu: este es el verdadero punto de partida y, por eso, es necesario buscarlas, enumerarlas, estudiarlas, interpretarlas. Es un principio fundamental que, en la vida espiritual, se llama primado de la consolación sobre la desolación. Primero, está el Espíritu que consuela, reanima, ilumina, mueve; después, vendrá también la desolación, el sufrimiento, la oscuridad, pero el principio para regularse en la oscuridad es la luz del Espíritu” (C.M. Martini, Evangelizar en la consolación del Espíritu, 25 de septiembre 1997). Este es el principio para regularse en las cosas que no se entienden, en las confusiones, también, en tantas oscuridades, es importante. Tratemos de preguntarnos si nos abrimos a esta luz, si le damos espacio: “¿Yo invoco al Espíritu?”. Cada uno se responda dentro. ¿Cuántos de nosotros rezamos al Espíritu? “No, padre, yo rezo a la Virgen, rezo a los santos, rezo a Jesús, pero, a veces, rezo el Padre Nuestro, rezo al Padre”. Y, ¿al Espíritu?, ¿tú no rezas al Espíritu, que es lo que te hace mover el corazón, que te lleva adelante, te lleva la consolación, te lleva adelante las ganas de evangelizar y de hacer misión? Os dejo esta pregunta: “¿Yo rezo al Espíritu Santo? ¿Me dejo orientar por Él, que me invita a no cerrarme, sino a llevar, a Jesús, a testimoniar el primado de la consolación de Dios sobre la desolación del mundo?”. Que la Virgen, que ha entendido bien esto, nos ayude a entenderlo.