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2 de mayo 2025

Arturo Maximiliano García

@ArturoMaxGP

El reciente llamado de la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, a los políticos estadounidenses para que no utilicen a nuestro país como herramienta electoral, resulta pertinente y oportuno. En un contexto de polarización electoral entre la población norteamericana donde recientemente se ha recurrido a México y a los mexicanos inmigrantes como chivo expiatorio para sus problemas internos, el recordatorio de nuestra mandataria invita a reflexionar sobre la congruencia que debe imperar en las democracias modernas.

Estados Unidos atraviesa hoy por serios desafíos que merecen la atención plena de sus gobernantes, partidos y electorado. La inflación, aunque ha disminuido ligeramente respecto a su pico de 2022, sigue golpeando el bolsillo de las familias estadounidenses y continúa siendo una de las principales preocupaciones económicas. Según las últimas encuestas de The Wall Street Journal y Gallup, la Reserva Federal ha mantenido tasas de interés altas para tratar de contener el aumento de precios, pero la eficacia de dichas medidas aún es debatida, y los precios de vivienda, servicios médicos y educación siguen presionando a los consumidores.

Al mismo tiempo, el gobierno federal fomenta un creciente enfrentamiento con las universidades más prestigiadas de su país, tradicionalmente centros de desarrollo científico, debate académico y de activismo social. La presión para limitar las expresiones políticas en los campus y las tensiones derivadas de la postura estudiantil sobre temas internacionales, como el conflicto palestino-israelí, han generado una fractura entre la Casa Blanca y parte de la academia, histórica aliada del Partido Demócrata.

Internamente, el Ejecutivo estadounidense también ha protagonizado choques directos con la burocracia y órganos autónomos. Los despidos de funcionarios de agencias de supervisión, considerados hasta hace poco «inamovibles» por normas internas de protección institucional, han evidenciado un intento de centralizar el poder en detrimento de los equilibrios de control administrativo y politico, la base de su democracia, sus check and balances.

El conflicto con el Poder Judicial ha escalado de manera alarmante. Diversas políticas del actual gobierno, desde temas migratorios hasta acciones regulatorias en el sector energético, han sido bloqueadas o condicionadas por tribunales federales. El propio presidente Trump ha arremetido públicamente contra jueces, insinuando incluso cambios en la composición de las cortes, un gesto que erosiona la credibilidad de su propio sistema de contrapesos.

A lo anterior se suma un hecho sin precedente: el enfrentamiento con la Reserva Federal. Trump ha cuestionado abiertamente las decisiones del banco central estadounidense, al grado de sugerir que, de resultar electo para un tercer mandato, despediría a su presidente, Jerome Powell. Estas amenazas, ampliamente cubiertas por medios como Bloomberg y Reuters, alarman a los mercados financieros globales, conscientes de la importancia de una Fed independiente para la estabilidad económica mundial.
Frente a este complejo escenario, pretender desviar la atención pública hacia México, culpándolo de fenómenos como la crisis del fentanilo o la migración irregular, resulta no solo injusto, sino falto de autocrítica. Como bien señaló la presidenta Sheinbaum, los problemas que enfrenta Estados Unidos tienen raíces domésticas que requieren soluciones internas, no la construcción de enemigos externos para ganar adeptos en las urnas.

México, por su parte, ha demostrado disposición al diálogo y a la cooperación bilateral en materias como seguridad, comercio y migración. Sin embargo, esa disposición no debe confundirse con permisividad ante narrativas electorales simplistas que, lejos de fortalecer la relación histórica entre ambos países, la desgastan y la ponen en riesgo.

Hoy más que nunca, el respeto mutuo debe ser la base de la relación México-Estados Unidos. Utilizar a nuestro país como distractor electoral no solo sería una falta de respeto a nuestra soberanía, sino un error estratégico para una nación que necesita mirar hacia adentro para resolver sus propios desafíos. Como dicen: “el buen juez por su casa empieza”.

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