Arturo Maximiliano García/Diputado local por Morena
En una entrevista reciente con Meet the Press de la cadena NBC, el Presidente Donald Trump hizo algo que rara vez concede en público: reconocer un límite. Dijo que si bien no sabe hasta que punto debe respetar lo escrito en la Constitución, entiende que no puede postularse para un tercer mandato al frente de los Estados Unidos, conforme lo prohíbe la Enmienda 22 de su Constitución. Sin embargo, tan pronto como aceptó esa restricción legal, deslizó dos nombres que vale la pena analizar: Marco Rubio y J.D. Vance, señal de que por lo menos intervendrá en la decisión de su partido con respecto a quien espera sea su sucesor.
Rubio, quien fuera senador por Florida, es un viejo conocido del establishment republicano. Fue rival de Trump en las primarias de 2016 y luego se convirtió en un aliado incómodo pero funcional, dispuesto a apoyar sus iniciativas en nombre de la unidad del partido. Vance, por su parte, representa al nuevo conservadurismo: una mezcla de populismo nacionalista, escepticismo hacia el comercio internacional y un discurso «anti élite» que le permitió pasar de autor de Hillbilly Elegy a portavoz de la derecha trumpista en el Senado.
Ambos perfiles reflejan lo que Trump realmente busca: continuidad de su visión para Estados Unidos. Si no puede encabezar personalmente un tercer mandato, intentará construirlo por medio de otros. No es la primera vez que una figura política intenta extender su legado a través de herederos políticos, es el juego que todos juegan y en el cual todos fracasan, pero en el caso de Trump, la intención no es solo política, sino personal. No se trata de defender una agenda, sino de blindar un estilo de poder que ya hoy ha reemplazándola dualidad tradicional de las visiones de demócratas y republicanos.
Y esa es la paradoja que muchos medios norteamericanos parecen no querer reconocer: mientras se habla de la amenaza del trumpismo como una anomalía pasajera que existe y deja de existir con el personaje, el presidente ya diseña, con nombres propios, el futuro inmediato del Partido Republicano y eventualmente de su país. No se está retirando como tal; sino que está mutando el pensamiento de todo un partido político, que ya no sigue sus principios tradicionales, incluso los empieza a abandonar en favor de un conservadurismo radical mezclado con una gran dosis de populismo.
Resulta además profundamente irónico que el mismo Trump, que acusó fraude electoral en 2020 a Joe Biden y los demócratas, que intentó revertir su derrota por vías legales y extralegales, y que incluso coqueteó con la posibilidad de un tercer mandato, ahora reflexione sobre la institucionalidad de esa alternativa al «reconocer» que no puede volver a postularse.
¿Lo hace por convicción constitucional? Difícilmente. Lo hace porque cree haber encontrado una vía alterna: construir su tercera presidencia por medio de otro rostro, una voz distinta, pero, según él con obediencia garantizada.
Para México la continuidad de las políticas comerciales y relaciones internacionales de la actual administración norteamericana , sería negativa en términos de estabilidad en la relación con su principal socio comercial, con quien hoy hay un trabajo diplomático y de negociaciones comerciales atinado pero que no por eso podemos obviar lo complejo que es el reto de sentarse a la mesa con quienes no respetan acuerdos.
Rubio y Vance no son simplemente posibles candidatos, para Trump se trata de fichas en su tablero de ajedrez y como en toda estrategia prolongada, el objetivo no es ganar la siguiente jugada, sino el juego completo, aunque, insisto, ese juego muchos lo han intentado y muy pocos lo han logrado, se trata del sueño de todo político, protección y obediencia de parte de su sucesor, pero al final son quienes acusan primero decepción y luego traición. Empieza también en Estados Unidos la sucesión, que aún no termina de mostrar sus cartas y que para muchos dependerá de la permanencia en los cargos públicos que utilizan como Plataforma, donde pronto podremos ver otros perfiles, incluso con una dosis de nepotismo. Se trata del juego que todos juegan donde siempre se pierde.