Seguramente el mundo entero estará opinando acerca de que falta un año para el comienzo la Copa del Mundo en nuestro país, Estados Unidos y Canadá. Habrá retos muy interesantes, sobre todo por la problemática social, económica y estructural que se vive en la región de Norteamérica.
Sin embargo me parece justo dedicarle este espacio al partido de tenis que vimos a través de la transmisión de televisión el pasado domingo, entre el italiano Jannik Sinner y el español Carlos Alcaraz, protagonizando un duelo histórico en la final del torneo de Roland Garros. Cinco horas 30 minutos, el partido más largo en la vida de este campeonato que se juega desde 1891. Cuando parecía que el partido se definiría en tres sets a favor de Sinner, y con todas las estadísticas en contra, el joven de 21 años, Carlos Alcaraz, como un guerrero de una galaxia lejana, se postró en la arcilla de la pista gala, y peleó con una gran sangre fría, mente controlada y un físico incasable.
El italiano no se quedó atrás; de un igual manera, infranqueable y con una resistencia bárbara, ambos llevaron el duelo a un nivel insospechado, el mejor de los últimos años. Después de cinco sets, disputaron cada punto con una entereza digna, como unas máquinas para jugar tenis. Miradas de extremo asombro, nadie daba crédito, hasta las leyendas presentes como André Agassi y Estefan Edberg, no podían creerlo.
Una obra épica deportiva representada por dos de los maestros del deporte en la actualidad. El tenis mundial tiene una nueva generación después del reciente retiro de los más grandes.