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24 de junio 2025

Arturo Maximiliano García P./Diputado local (Morena)
@ArturoMaxGP

Veintidos años han pasado, desde 2003, cuando Estados Unidos decidió invadir Irak y México ocupaba un asiento no permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU. En ese momento, el Gobierno mexicano tomó una postura clara: no respaldar una intervención militar sin la aprobación expresa del Consejo. La decisión fue compleja: implicaba disentir de su principal socio comercial, pero también reafirmaba el compromiso de México con el derecho internacional y con la centralidad de las Naciones Unidas como garante del orden global.

La embajada de México en la ONU, encabezada entonces por Adolfo Aguilar Zínser, fue pieza clave en esa definición diplomática. Aunque la postura generó tensiones con la Administración Bush, también posicionó a México como una nación con voz propia y principios firmes.

Veintidós años después, el mundo presencia un nuevo episodio de tensiones internacionales: Estados Unidos ha iniciado bombardeos contra objetivos en Irán, argumentando amenazas a su seguridad nacional. La reacción internacional ha sido de alarma y de incertidumbre. Una vez más, México se encuentra ante la obligación moral y diplomática de posicionarse.
Hoy, la presidenta Claudia Sheinbaum ha optado por una postura clara: ha llamado a que sea la Organización de las Naciones Unidas quien convoque a la paz. En sus declaraciones recientes, Sheinbaum afirmó que “la construcción de la paz no puede quedar en manos unilaterales ni responder a lógicas de venganza, sino a principios de cooperación y legalidad internacional”.

Este llamado cobra relevancia no solo por lo simbólico, sino por el contexto: la acción militar contra Irán ya ha comenzado a tener consecuencias económicas. El precio del petróleo Brent superó los 95 dólares por barril en los mercados asiáticos, y analistas estiman que podría rebasar los 110 dólares si la escalada se profundiza. El impacto inmediato se traduce en presión inflacionaria global, aumento en los costos de energía y freno a la recuperación de economías emergentes.

Para México, un país exportador de petróleo, pero también altamente dependiente del comercio con EUA, la situación representa una amenaza doble: volatilidad en los mercados y riesgo diplomático. En este escenario, la postura de Sheinbaum no solo es prudente: es visionaria. Apela a la diplomacia multilateral como único camino sostenible frente a los ciclos de violencia que amenazan con repetirse.

El contraste entre 2003 y 2025 refleja algo más profundo: la continuidad de una doctrina de política exterior que apuesta por el respeto al derecho internacional, pero ahora liderada por una mujer que entiende que la paz no se hereda, se construye. México nuevamente está llamado a ser puente, conciencia y conciencia crítica en el mundo.

La historia ha demostrado que las guerras preventivas suelen desembocar en conflictos prolongados, desestabilización regional y crisis humanitarias. Que esta vez no sea igual. Que la ONU, como pide México, recupere su papel central. Que la diplomacia prevalezca sobre la fuerza, porque si algo hemos aprendido desde Irak es que la paz nunca ha sido un accidente: es siempre una decisión y requiere liderazgos que la asuman como bandera.

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