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1 de agosto 2025

Arturo Maximiliano García/Diputado Local (MORENA)
@ArturoMaxGP

Donald Trump tiene una petición clara para la Reserva Federal de Estados Unidos (la FED): que baje las tasas de interés. ¿La razón? Con tasas más bajas, los créditos son más baratos, se estimula el consumo, las empresas invierten más… y la economía parece más fuerte. Esto le daría una ventaja política, justo en un año electoral donde busca regresar a la Casa Blanca. Pero la FED, liderada por Jerome Powell, no está tan convencida y tiene buenas razones.

Para entender el debate, hay que explicar algo básico: la tasa de interés que fija la FED es como el “precio del dinero”. Si es baja, pedir préstamos cuesta poco, la gente gasta más y la economía crece. Si es alta, se enfría el gasto, bajan los precios… y también el riesgo de que se dispare la inflación.

Trump quiere que la FED actúe como un acelerador: que baje la tasa para hacer más barata la deuda (incluyendo la del Gobierno) y dar oxígeno a la economía. Esto sería especialmente útil si quiere impulsar proyectos, mostrar dinamismo económico o incluso defender los recortes fiscales de su anterior mandato. Sin embargo, la FED está pensando en el largo plazo, no en las encuestas.

Después de enfrentar una inflación muy alta en 2022 y 2023, el banco central ha logrado estabilizar los precios, aunque todavía no llegan a su meta ideal del 2 por ciento anual. Bajar la tasa demasiado pronto podría reavivar esa inflación, que hoy ha revivido en riesgo por la guerra arancelaria provocada por el mismo personaje que hoy demanda que se reduzca la tasa de interés. Sería como estar tratando de apagar un incendio y volver a aventarle cerillos.

Esta no es la primera vez que el nivel de la tasa de interés genera tensión entre lo político y lo técnico. En el siglo XXI, hemos visto dos momentos extremos:

Después de la crisis financiera de 2008, la FED bajó su tasa de referencia casi a cero (0–0.25 por ciento) y la mantuvo en ese nivel por años, como forma de estimular la economía. Fue una medida extraordinaria para evitar un colapso mayor, y aunque ayudó a recuperar el crecimiento, también alimentó riesgos financieros y desigualdades que aún persisten.

En 2022–2023, en cambio, la FED subió la tasa de forma muy agresiva, llevándola por encima del 5 por ciento para contener una inflación que se había salido de control tras la pandemia, la guerra en Ucrania y los estímulos masivos. Fue la subida más rápida en cuatro décadas, y aunque logró enfriar los precios, también aumentó el costo del crédito para millones de personas.

Estos ejemplos muestran que jugar con la tasa tiene consecuencias profundas. No es solo una cifra técnica: afecta el empleo, el ahorro, el precio de la comida, las hipotecas y el acceso al crédito. Por eso, la FED no se guía por las encuestas, sino por los datos.

Este pulso entre la Casa Blanca (o quienes aspiran a ella) y la Reserva Federal no es nuevo. Trump ya lo vivió como presidente, cuando presionaba públicamente a la FED para que bajara las tasas. Ahora, como presidente nuevamente, repite la estrategia, pero, esta vez, el contexto es más delicado: los mercados están nerviosos, la inflación global sigue siendo un riesgo, y cualquier movimiento brusco puede tener consecuencias para todo el mundo, incluida América Latina.

Bajar la tasa puede sonar bien en campaña, pero mantenerla estable, o bajarla con cautela, es lo que garantiza que el dinero no pierda su valor y que la economía no se sobrecaliente. En resumen: Trump quiere crecer rápido; la FED quiere crecer de forma sostenible. Entre la urgencia electoral y la prudencia técnica, está en juego algo más que una cifra: está en juego la estabilidad económica de millones de personas y la autonomía del banco central de Estados Unidos (FED) de los intereses del Gobierno en turno. Por lo que toca a nuestro país, parece que la lección está aprendida, y se mantiene una respetuosa relación entre el Gobierno y el Banco de México, en beneficio de la estabilidad económica nacional.

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