Las cifras son claras: en junio de 2025 las remesas hacia México cayeron 16.2 % interanual, el retroceso más fuerte para ese mes en más de una década. Este dato, revelado por el Banco de México, no es solo un apunte financiero: es un espejo de la vida cotidiana de millones de familias mexicanas y, al mismo tiempo, un termómetro del ingreso y consumo de los migrantes en Estados Unidos.
El debate público suele concentrarse en las remesas como flujo de divisas, pero pocas veces se analiza lo que estos números dicen del bolsillo y la estabilidad laboral de quienes las envían. Hoy resulta difícil ignorar la correlación: menos dinero enviado equivale a menos ingreso disponible y, en consecuencia, menos consumo en la economía estadounidense entre la comunidad migrante. Menos ingresos, menos envíos
Los datos del mercado laboral de EE.UU. muestran un deterioro: la tasa de desempleo de personas nacidas fuera del país subió a 4.2 % en 2024, mientras que la población inmigrante activa se redujo en más de 735,000 personas en lo que va de 2025. A esto se suma un clima de deportaciones constantes —alrededor de 10,000 por mes— que genera miedo y desalienta a muchos a usar servicios formales de envío de dinero.
En términos prácticos, el resultado ha sido doble: una caída tanto en el número de transferencias (−14.3 %) como en el monto promedio por envío (−2.2 %). No es un mero ajuste contable, sino el reflejo de migrantes que trabajan menos horas, ganan menos o simplemente han tenido que abandonar el país.
Los migrantes no solo envían dinero; también son consumidores que dinamizan la economía estadounidense. Si su ingreso disminuye, su gasto en vivienda, transporte, educación y salud también se contrae. Esto se traduce en menos capacidad de ahorro y de envío hacia México.
Estamos ante un círculo preocupante: menores ingresos igual a menor consumo, igual a menos remesas, igual a menor dinamismo económico tanto en EE.UU. como en México.
La coyuntura migratoria en EE.UU., marcada por políticas restrictivas y un ambiente hostil, agrava el panorama. El llamado “efecto Trump” no solo sacude a América Latina con monedas devaluadas y presiones inflacionarias, sino que también reduce la estabilidad y confianza de los migrantes para seguir aportando a sus familias en México.
Ante la contracción de las remesas —que en 2024 alcanzaron niveles históricos—, México se enfrenta a un doble reto. Por un lado, proteger a millones de hogares que dependen de ese ingreso, particularmente en comunidades rurales. Por otro, aprovechar la coyuntura para fortalecer el empleo y la inclusión financiera local, de modo que las familias no sean tan vulnerables a lo que ocurre en el mercado laboral estadounidense.
El desplome de las remesas no es un dato aislado: es la manifestación de un cambio profundo en la vida económica de los migrantes mexicanos en Estados Unidos. Menos empleo y más incertidumbre se reflejan en menos envíos. Y si los migrantes consumen menos allá y envían menos acá, el golpe lo sienten tanto las familias mexicanas como el propio dinamismo económico de EE.UU.
En otras palabras, las remesas son un espejo que refleja no solo la realidad mexicana, sino también la fragilidad del sueño migrante en la Unión Americana.