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15 de agosto 2025

Arturo Maximiliano García

En un país que durante décadas dejó al abandono los trenes de pasajeros, cualquier avance en su reactivación no solo es una noticia de infraestructura: es una apuesta de futuro. El Tren México–Querétaro es, quizá, el mejor ejemplo de cómo un proyecto puede unir modernidad, desarrollo económico y beneficios sociales tangibles.

Esta semana, las noticias que llegaron desde el frente de obra son alentadoras: ya son 11,000 las personas empleadas en su construcción; cerca de 40 empresas queretanas están en trámite para registrarse como proveedoras; y las autoridades estatales confirman que la liberación de derechos de vía en Querétaro está prácticamente concluida. Con un avance estimado de 4 %, la meta se mantiene clara: que el tren esté en operación en el primer semestre de 2027, marcando el inicio de una nueva etapa en la conectividad ferroviaria del país.

La obra cuenta con una inversión federal aproximada de 144 mil millones de pesos —unos 7,200 millones de dólares— para levantar 225 kilómetros de doble vía, diseñados para trenes que podrán alcanzar velocidades de hasta 160 km/h. Las estaciones principales estarán en Buenavista, Huehuetoca, Tula, San Juan del Río y Querétaro. El tiempo de viaje entre la capital del país y el Bajío se reducirá a unas dos horas, frente a las cuatro que hoy puede implicar un trayecto por carretera en el mismo tramo carretero y urbano.

El impacto va mucho más allá de la reducción de tiempos. El tren aliviará la saturación crónica de la carretera México–Querétaro, donde conviven transporte de carga y de pasajeros con un intenso flujo comercial. También fomentará la descentralización económica, permitiendo que más personas vivan en Querétaro o ciudades intermedias y trabajen en la Ciudad de México, o viceversa, con un desplazamiento rápido, seguro y sostenible.

En el ámbito turístico, el beneficio para Querétaro es evidente. Una conexión ferroviaria directa con la capital acercará a más visitantes nacionales e internacionales, facilitando escapadas de fin de semana y circuitos turísticos que incluyan su centro histórico, los pueblos mágicos y la ruta del vino y el queso. Esto no solo dinamizará la economía local, sino que ampliará la derrama a comunidades que hoy dependen del turismo carretero y que, con el tren, podrán recibir un flujo más constante y diversificado de visitantes.

El impacto social del proyecto se estima en cerca de seis millones de personas beneficiadas, sin contar los empleos indirectos y la cadena de proveedores que seguirá activa durante toda la obra. Enmarcado en el Programa Nacional Ferroviario, este tren no es un proyecto aislado, sino una pieza clave en la reactivación de un sistema de trenes de pasajeros que México dejó ir hace demasiado tiempo.

Los anuncios de esta semana —empleo local, participación empresarial, derechos de vía liberados y calendario firme— son una buena señal. El desafío será mantener el impulso y evitar retrasos derivados de la política, las finanzas o los litigios.

Por eso es vital blindar este proyecto de los ciclos políticos y las disputas partidistas, lo cual parece estar garantizado por las autoridades involucradas. El Tren México–Querétaro no puede correr la misma suerte que otros intentos fallidos, cancelados o congelados con cada cambio de administración. Lo que está en juego no es solo un medio de transporte: es un modelo de movilidad moderna, competitiva y con una fuerte dimensión turística. El futuro sobre rieles está en marcha; lo importante ahora es que no se detenga y siga avanzando a una velocidad sostenida.

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