El gobierno federal insiste en la reducción del 25% en los homicidios . El discurso oficial repite este dato como si fuera sinónimo de paz, pero calla frente a otras cifras alarmantes: las desapariciones han aumentado en 13% y la proliferación de fosas clandestinas revela que la violencia no solo persiste, sino que ahora se oculta bajo tierra.
Hablar de una baja en homicidios mientras crecen las desapariciones es una forma de maquillar la crisis. Es cómodo presumir un indicador aislado, pero es irresponsable ignorar que miles de familias siguen buscando a sus queridos en todo el país, incluso, con más empeño que las autoridades.
La narrativa triunfalista pretende generar la idea de que México avanza hacia la pacificación, pero la realidad en las calles es distinta: comunidades sometidas al crimen organizado, empresarios y comerciantes asfixiados por extorsiones, familias atemorizadas. Mientras el gobierno celebra estadísticas a modo, la sociedad sigue contando muertos y desaparecidos.
La reducción de homicidios, sin contexto, no significa paz, es apenas un número útil para un discurso político, incapaz de ocultar que la violencia en México continúa existiendo en formas más crueles.
El discurso oficial parece mostrar a un gobierno más preocupado por controlar la narrativa que por garantizar la paz, mientras lo que demanda la sociedad, es un Estado capaz de recuperar el territorio, imponer la ley y devolver la confianza a la sociedad.