El reconocimiento del Estado Palestino por parte de Reino Unido, Canadá y Australia, anunciado este 21 de septiembre pasado, marca un parteaguas en la política internacional. No es la primera vez que un país da este paso —más de 140 ya lo habían hecho antes—, pero sí representa un cambio radical en la posición de algunos de los aliados más cercanos de Israel. Detrás de estas decisiones no hay un simple gesto simbólico: hay un profundo malestar con el liderazgo de Benjamin Netanyahu y con el rumbo que ha tomado el conflicto en Gaza y Cisjordania.
La idea de un Estado Palestino no es nueva. En 1988, la OLP declaró formalmente la independencia de Palestina, recibiendo un rápido reconocimiento de decenas de países, principalmente del mundo árabe y no alineado. En 2012, la ONU otorgó a Palestina el estatus de “Estado observador no miembro”, consolidando su presencia en el escenario multilateral. Sin embargo, los grandes países occidentales, con pocas excepciones, se habían resistido a dar ese paso, apostando por negociaciones bilaterales entre Israel y la Autoridad Palestina que nunca fructificaron.
¿Por qué ahora? La respuesta está en buena medida en las políticas de Netanyahu. Primeramente Gaza y la crisis humanitaria, los bombardeos y el elevado costo humano tras el 7 de octubre de 2023 han erosionado la paciencia de la comunidad internacional. La narrativa de autodefensa ya no basta frente a imágenes de miles de víctimas civiles, la audiencia para esa historia se está agotando. En segundo lugar el desarrollo de los asentamientos en Cisjordania, donde la expansión constante es vista como un golpe directo a la solución de dos Estados, al fragmentar el territorio que podría constituir a Palestina, lo que no hace creible negociación alguna, lo que además también disminuye la posiblidad de un acuerdo dentro de el proceso de pláticas para llegar a un acuerdo el rechazo explícito a reconocer un Estado Palestino “al oeste del Jordán” refuerza la percepción de que Israel bajo Netanyahu no ofrece un horizonte de paz.
Estas decisiones han generado un efecto paradójico: lejos de aislar a Palestina, han motivado que países que antes guardaban silencio den un paso adelante para reconocerla.
El reconocimiento de Reino Unido, Canadá y Australia —y el anuncio de Francia y Bélgica de sumarse en la Asamblea General de la ONU— muestra que la solución de dos Estados vuelve al centro del tablero diplomático. No por voluntad israelí, sino por presión internacional. Para muchos gobiernos, reconocer a Palestina es hoy la única manera de mantener vivo ese marco de paz, de responder a la indignación de sus sociedades, y de enviar un mensaje de que los hechos consumados en Gaza y Cisjordania no serán aceptados como normalidad permanente.
El factor Netanyahu no solo condiciona la percepción internacional, sino también el rumbo político interno de Israel. Antes de octubre de 2023 su posición ya era frágil, y tras la guerra en Gaza se ha debilitado aún más. Ha perdido apoyo dentro de la Knesset, con salidas de partidos clave de su coalición, su partido, Likud, se encuentra en retroceso frente a una oposición en ascenso y las encuestas muestran que hasta 70 % de los israelíes creen que debería renunciar y asumir responsabilidad por las fallas del 7 de octubre y actos de corrupción previos.
Aunque todavía mantiene poder formal y capacidad de maniobra, la presión social, política y judicial lo colocan en uno de los momentos más vulnerables de su carrera y aunque a corto plazo es poco probable que renuncie de manera voluntaria, la combinación de protestas internas, fractura de la coalición y desgaste internacional podría forzar elecciones anticipadas o un cambio de liderazgo.
El liderazgo de Netanyahu, en su afán de seguridad absoluta, ha terminado catalizando un efecto contrario: más países que nunca reconocen hoy al Estado Palestino. El tablero internacional se mueve porque el statu quo ya no es sostenible. Los reconocimientos recientes no son una solución mágica, pero sí un recordatorio de que la comunidad internacional busca caminos para revivir la diplomacia y contener una crisis que amenaza con hacerse eterna.
Si el futuro de la región será de paz o de confrontación dependerá no solo de las decisiones que tomen Israel y Palestina, sino también del rumbo político de Netanyahu. Su permanencia o salida del poder puede ser tan determinante como cualquier tratado internacional para abrir —o cerrar— la puerta a la paz.