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24 de noviembre 2025

Martín Arango

México está encendiendo alarmas que ya no podemos ignorar. La deuda externa del país se ha vuelto insostenible y, mientras el gobierno federal intenta minimizar el problema, las y los expertos coinciden en un punto: estamos gastando más de lo que producimos, la deuda está creciendo mucho más rápido que nuestra economía, y el rumbo que lleva la administración de Morena nos acerca peligrosamente a una crisis financiera.

Traducido fácil: estamos gastando de más y creciendo de menos.

Y lo más preocupante es que no se ve intención alguna de corregir el rumbo. Morena mantiene una política económica y social que no incentiva el desarrollo, que espanta inversiones y que debilita las bases productivas del país. Las grandes empresas —las que generan empleos bien pagados, tecnología e impulso económico— están decidiendo no instalarse en México o incluso están saliendo. ¿La razón? Falta de certeza jurídica y decisiones como la reforma judicial o la desaparición de organismos autónomos que daban confianza y equilibrio.

Pero tampoco hay impulso para los pequeños negocios, para los emprendedores locales, para quienes con esfuerzo diario mantienen viva la economía comunitaria. El gobierno federal prefiere repartir dinero sin destinarlo a actividades productivas, de desarrollo o crecimiento. No se produce, solo se reparte. Lo mismo ocurre con Pemex: año tras año se le inyectan recursos millonarios sin resultados, sin eficiencia, sin futuro. Es un barril sin fondo que le cuesta a todas y todos.

Sin empresas no hay crecimiento… y sin crecimiento, la deuda no se detiene.

Los números hablan por sí solos. Hoy, la deuda externa ya es casi el doble que en 2018: pasó de 560 mil millones de dólares a más de un billón. Si repartiéramos ese monto entre cada mexicano —desde el bebé que nació hace unas horas hasta la persona más longeva del país, sin importar su situación económica— cada uno tendría que aportar casi 150 mil pesos para saldarla. Y ojo: somos más de 132 millones de mexicanas y mexicanos.

Así de grande es el problema.
Así de pequeño el gobierno federal.
Y así de urgente es que México vuelva a crecer.

Desde Querétaro demostramos que sí hay otra forma de gobernar. Que se puede impulsar el desarrollo, atraer inversiones, generar empleo y, al mismo tiempo, construir políticas públicas con rostro humano, medibles y responsables. Aquí no se compromete el futuro por decisiones improvisadas ni se hipoteca el bienestar de las próximas generaciones.

Nuestro compromiso es claro: cuidar Querétaro y exigir que México retome el camino del crecimiento, la productividad y la responsabilidad financiera. Porque lo que está en juego no es un indicador económico; es el futuro de nuestras familias, de nuestras hijas e hijos, y de un país que merece mucho más de lo que hoy recibe.

Es momento de corregir el rumbo. México no puede seguir endeudándose para repartir, mientras destruye lo que produce.

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