Este fin de semana fuimos testigos de otra escena del viejo cuento El traje nuevo del emperador. Pero esta vez no hubo emperador: hubo emperatriz. Y no hubo niños que gritaran la verdad: hubo acarreados que repitieron el guion. Claudia Sheinbaum celebró los siete años de que el cártel de Morena llegó al poder con una “marcha” que no fue marcha, sino una concentración hecha a la medida para tejerle su traje nuevo, ese que sus siervos insisten en ver aunque todos sepamos que no existe. Ahí estaban, sosteniendo la fantasía, aplaudiendo el país imaginario que solo ellos ven mientras el México real se desmorona bajo sus pies.
Y en medio de todo este teatro, la presidenta tuvo la osadía de decir que México vivía en una oligarquía, donde unos cuantos “dueños del país” controlaban a las instituciones ¿Con qué cara? Justo este gobierno, el de la autoproclamada “transformación”, es el que más ha usado, manipulado y prostituido las instituciones públicas, desarmándolas poco a poco para dejar al Estado en los huesos. Reforma tras reforma, decisión tras decisión, la 4T ha erosionado la democracia que a los mexicanos nos costó décadas construir. No hay crecimiento, no hay rumbo, no hay proyecto nacional. Lo único que crece —y crece sin vergüenza— es la deuda, la violencia, la inseguridad, el desfalco, la corrupción… y, claro, la fortuna de quienes orbitan alrededor del abrazo presidencial.
¿Campañas sucias? ¿Bots? ¿Guerra en redes? La presidenta dice que todo es un complot. Pero fue ella misma quien expuso a ciudadanos críticos como si fueran enemigos públicos. En este país no hay una conspiración digital: hay ciudadanos hartos. Ciudadanas que abren los ojos y que levantan la voz porque saben que este rumbo no es sostenible. Mexicanos que, a pesar de lo que sonó a amenaza —“no podrán con su presidenta”—, no se van a dejar intimidar. Lo que hay es un país que quiere cuidarse a sí mismo frente a una mala transformación que ya demostró de qué está hecha.
Claudia también presumió el “éxito” de sus programas sociales. Uno no sabe si se refiere a la falta de medicinas en los hospitales, a los recortes en educación o al abandono del campo. Porque donde sí han invertido —y a manos llenas— es en el pago de intereses de la deuda. Esa sí es la obra magna del sexenio: endeudar a México como nunca antes para financiar un gobierno que gasta sin construir.
Y para cerrar con broche de oro, la presidenta habló de una “nueva ética” del servicio público, donde nadie esté por encima del pueblo y donde gobernar no sea un privilegio. Hermoso discurso… lástima que se le olvidó mencionar a los que barren en Tabasco o a la pANDYlla de amigos de Andy López, esos que han hecho fortuna con contratos millonarios. Ya ven cómo es: a veces la memoria selectiva no perdona.
Hoy más que nunca debemos cuidar a Querétaro, cuidar a México y decir lo que otros callan. Porque mientras la emperatriz presume su traje nuevo, aquí afuera cada vez somos más los que vemos la realidad: el traje no existe, la fantasía se agotó y el país merece mucho más que este espectáculo.