Más allá de los debates sobre lo correcto, lo legal o lo legítimo de los hechos ocurridos el pasado 3 de enero (cuando autoridades de Estados Unidos capturaron al dictador venezolano Nicolás Maduro), el acontecimiento dejó al desnudo la hipocresía y la sensibilidad selectiva de la izquierda mexicana, hoy encarnada en el morenismo.
Durante años, Maduro sometió a su pueblo a una opresión absoluta: opositores encarcelados, manifestantes asesinados, corrupción rampante, elecciones robadas y delincuencia ejercida desde el poder. Frente a todo ello no hubo condena, sino silencio cómplice y, en muchos casos, respaldo abierto.
Pero más allá de solapar a un tirano en tierra ajena, lo que indigna es la vehemencia con la que reaccionaron ante su detención, contrastada con la absoluta indiferencia que muestran frente a la pesadilla que vive nuestro propio pueblo.
Ser mexicano, en los tiempos de la llamada cuarta “transformación”, se ha convertido en un deporte extremo. Ya no solo se trata del riesgo cotidiano de homicidios, desapariciones o de los nuevos “delitos contra la vida”; hoy incluso usar el transporte público (línea 12), viajar en tren por el sur del país (interoceánico) o esperar atención médica en el IMSS puede costar la vida.
Mientras se exhiben vínculos de políticos de Morena con el crimen organizado y la corrupción en obras públicas que cobran vidas, la izquierda calla y se esconde. Les importó más Maduro que la tragedia de su propia nación.