Durante seis años se nos dijo que la estrategia era distinta. Que bastaba con acusar a los delincuentes con sus abuelitas y que el Estado debía replegarse y evitar la confrontación directa. La consigna fue: “abrazos, no balazos”.
El resultado hoy es inocultable. El crimen organizado no solo se expandió: se fortaleció, diversificó sus actividades y desafió abiertamente la autoridad. Donde el Estado retrocede, alguien más ocupa el espacio. Y ese vacío lo llenaron grupos criminales que aprendieron a operar con mayor poder territorial, económico y logístico.
Los hechos del pasado domingo 22 de febrero nos recordaron algo fundamental: cuando el Estado actúa con decisión, tiene capacidad. Nuestras Fuerzas Armadas y corporaciones policiales demostraron valentía y eficacia. La fuerza institucional existe. La preparación existe. La legitimidad también.
Lo que faltó durante años no fue capacidad, fue determinación.
La herencia de los abrazos es un país donde el crimen se envalentonó creyendo que el Estado había perdido voluntad. Pero la lección es clara: cuando México decide ejercer su autoridad, puede recuperar cada espacio que la delincuencia intentó apropiarse.
No se trata de elegir entre causas sociales o aplicación de la ley. Se trata de entender que sin orden y sin autoridad, no hay política social que alcance.
El Estado mexicano es más fuerte de lo que muchos creen. La pregunta es si tendrá la firmeza de usar esa fortaleza de manera sostenida.