De cada peso que se recauda en impuestos, 80 centavos se quedan en la Federación, 16 centavos en los estados y apenas 4 centavos llegan a los municipios.
Cuatro centavos.
Sin embargo, es en el municipio donde se pavimentan calles, se mejora el alumbrado, se refuerza la seguridad preventiva, se mantienen parques y se atienden las necesidades inmediatas de la ciudadanía.
Es el gobierno más cercano a la gente, pero es el que opera con la menor parte de los recursos.
En el caso de Querétaro, se han fortalecido los ingresos propios. Eso nos ha permitido invertir en servicios, obras y seguridad.
Pero que un municipio tenga capacidad para salir adelante no significa que el modelo de distribución sea el adecuado.
La realidad es que muchos municipios del país enfrentan enormes responsabilidades con recursos extremadamente limitados. Esto es un problema de diseño institucional.
México se define constitucionalmente como una República federal. Sin embargo, cuando la gran mayoría de los recursos se concentran en un solo nivel de gobierno, el federalismo se vuelve más un concepto, relegado por el centralismo de la realidad.
Fortalecer a los municipios no debilita a la Federación ni a los estados. Al contrario: fortalece la capacidad del país para responder desde lo local a los desafíos cotidianos.
Si queremos un federalismo que funcione, necesitamos también un federalismo fiscal más equilibrado. Porque al final, un país fuerte se construye desde municipios fuertes.