De pronto ahí estaba, sentada frente a mí, calladita y atenta, con un vestido azul oscuro de una sola pieza, elegante y con larga botonadura al frente.
Kate del Castillo acompañaba, silenciosa y observadora, a su entonces marido, el exfutbolista Luis García, y apenas musitó dos palabras: ‘Hola’, cuando llegó y me tendió la mano, y ‘adiós’, cuando se despidió y emprendió la retirada, saliendo de mi céntrica oficina, en el queretano andador Venustiano Carranza.
Pese a la gripe que le aquejaba, y que se evidenciaba con los constantes viajes de su mano armada de un pañuelo desechable a la nariz, su belleza, vista desde tan corta distancia, era evidente. La enfermedad no menguaba su atractivo y hasta le daba un tinte especial.
Apenas llevaba maquillaje sobre un rostro de belleza única y manifiesta, y en el transcurso de su paso del estacionamiento inferior de la Plaza Constitución a mi oficina, y de regreso, testificó más los nutridos autógrafos que otorgó su esposo a jovencitos futboleros, que los suyos propios a alguna queretana proclive a las telenovelas
vespertinas.
¿Cómo evitar ese recuerdo ahora que la famosa actriz está en el ojo del huracán por el contacto que ella, y el extraordinario actor Sean Penn, sostuvieron con quien era el delincuentemás buscado del mundo: ‘El Chapo’ Guzmán?
Aquella tarde se había concretado una cita buscada por su entonces marido, quien se iniciaba en el complejo oficio de la producción teatral y buscaba la oportunidad de que las instancias culturales de los estados estuviesen interesadas en un proyecto escénico que protagonizaría Kate, hasta entonces más vinculada con la televisión comercial.
Fueron apenas unos minutos de charla en la que Luis planteó su proyecto y ella atestiguó sus pormenores con una mirada dulce, apacible y transparente. La realidad, siempre más cruda y ausente de maquillaje, le daba a Kate aquella tarde una dimensión de ternura en el rostro que resaltaba su natural belleza.
Con aquella Kate me había quedado por años, pese al recorrido artístico que la actriz ha ido recorriendo, principalmente fuera de nuestro país. Pero la violación a la intimidad, la posibilidad de conocer los rincones más escondidos del ser humano, nos hacen siempre mirar las cosas de otra manera.
Una figura como la de ‘El Chapo’ era mucho más interesante encubierta por los velos del misterio, y obligadamente se desdibuja cuando lo podemos percibir como un ser humano común y corriente, atrapado en su propia ingenuidad, condenado sin darse cuenta a ocupar un lugar más en esa ‘friendzone’ de la que hoy hablan los jóvenes y que con candor se niega a ver.
Y una belleza como la Kate también se desdibuja cuando la cortina del silencio, del leve ‘hola’ y el sutil ‘adiós’, se desvanece para volverse letras con alguna falta de ortografía; cuando se troca el ‘usted’ por el ‘tú’ mediando un discreto Black Berry 230, y surgen frases adolescentes como ‘me mueve mucho que me digas que me cuidarás’ o ‘ya sabrás mi historia’.
Nada, en fin, de qué sorprenderse. El ser humano sigue siendo el mismo, así se sea un capo de la droga o se tenga la aparentemente ingenua belleza de Kate del Castillo. Lo queasombra es la indigna forma en la que se permea a los medios de comunicación una conversación privada que debería, al menos en los ámbitos de la cordura y la legalidad, permanecer a resguardo de las
autoridades.
No sé qué va a pasar con Kate del Castillo después de este escándalo, pero me parece que ya alguien la castigóimpunemente con una de las condenas más duras que pueden darse: la del escarnio público.
Yo, por lo pronto, quiero seguir quedándome con la Kate de aquella tarde en mi oficina; la de la leve gripe, la del vestido azul oscuro con botonadura al frente; la de la mirada tierna y los escuetos ‘hola’ y ‘adiós’.