Durante la comida, los hermanos acostumbran tomar sus alimentos mientras alguno de ellos lee un pasaje evangélico o bien, algún texto aleccionador que favorezca la reflexión.
Esta es una tradición que se vio amenazada luego de que el hermano Lorenzo, en lugar de hacer lo habitual, pasó al frente y tras colocar un papel sobre el atril, inició la lectura del mismo:
–Queridos hermanos –dijo, ante el asombro de los comensales–, quiero compartirles que hay quienes quieren volver un muladar nuestra Alameda Miguel Hidalgo –que según me dicen también es patrimonio de la humanidad–, al seguir vendiendo ahí toda clase de chácharas, permitidas o no, quitándole a las familias queretanas el disfrute de este importante espacio…
–Ya cállese, hermano, y limítese a leer lo que corresponde–, exclamó el hermano Indalecio.
–Déjenlo que se exprese, además hoy no está el hermano Severo –señaló el hermano Perogrullo.
–¡Aahhh! bueno, si no está el hermano Severo, que le siga. Dale –animó fray Tino.
–Además –siguió el hermano Lorenzo–, creo que es una de las contadas decisiones políticas del alcalde que tuvo la aceptación de la mayoría de los queretanos…
–Sí, porque los parquímetros –atropelló el hermano Toribio–, la calle Ezequiel Montes, los baches y…
–Ya dejen que termine –apuntó el hermano Andrés.
–Aunque creo que debió hacerlo con mejor estrategia, además de socializar este asunto desde el primer momento –prosiguió Lorenzo–, porque al parecer ahora dependemos de un diferendo legal, pero nosotros podemos colaborar…
–¡Bravo!, ¡bravo! Muy bien dicho –exclamó el hermano Perogrullo, mientras se escuchaba un aplauso casi generalizado por parte de los presentes, particularmente de los frailes legos que se encontraban en la segunda hilera de las sillas.
–Todavía no concluyo…
–Perdón.
–Por eso –continuó el hermano Lorenzo–, los convoco a que según nuestros horarios de descanso, salgamos a manifestarnos con pancartas que digan ´Defendamos nuestra Alameda´, y seguramente habrá ciudadanos que se sumarán”.
Fue entonces cuando se escuchó el chirriar de la pesada puerta del comedor, y entró el hermano Severo.
–Pues, ya quedamos hermanos: “Y quien esté libre de pecado que tire la primera piedra”–concluyó el lector, ante el azoro de los asistentes.