Por la candidata de Morena para la CDMX, sabemos que la velocidad promedio de la metrópoli es de 7 km/h. Las urbes en el mundo requieren nuevas políticas de movilidad, pero hay ciclos que en lugar de resolver el problema, lo agravan.
Una política de movilidad que solo busque aumentar la velocidad promedio podría llevarnos a una vida dependiente del auto, contrariamente al objetivo principal, mejorar la calidad de vida.
La fórmula de más carriles o segundos pisos para aumentar la velocidad nos ha llevado a un ciclo perverso que fomenta, a su vez, el crecimiento de zonas más alejadas de los centros de trabajo y comercio. El problema se agrava cuando no se puede aumentar la superficie habitable en las zonas urbanas a pesar de una creciente demanda de vivienda, generando un aumento en el precio de la tierra. La política de corto plazo es desarrollar viviendas más alejadas a precios accesibles para soportar una mayor demanda y a su vez aumentar las vías de transporte para comunicarlas.
¿Solución o problema? El resultado de políticas de movilidad no acordes a la evolución de las ciudades colocó al auto como un accesorio ‘necesario’. Resolver el problema de los autos ha sumado horas de transporte que disminuyen la calidad de vida y la salud.
¿Esta política nos da o quita libertades? Edward Humes, en su libro ‘Door to Door’, describe cómo en Estados Unidos colocar al auto como el rey ha dado como resultado muchos problemas, como más tiempo de ‘commute’ (viajar diario del trabajo a casa), ciudades agresivas al peatón y cinco veces más emisiones de carbono por habitante que el promedio mundial.
Una ciudad con más libertades no es resultado de autos autónomos y eléctricos. La ciudad del futuro debe ser segura para caminarla, con escuelas, comercio y servicios cercanos, libre para elegir cómo queremos transportarnos, transporte digno y sobre todo que mejore nuestra calidad de vida al disminuir la distancia a nuestro trabajo, no solo el tiempo.