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27 de mayo 2019

Siempre ha habido una fórmula justa y simétrica para que Estados Unidos e Irán resuelvan la totalidad de sus diferencias: la completa normalización por la completa normalización. Donald Trump, quien puede que quiera —pero que probablemente no lleve a cabo— una guerra con la república islámica, debería proponerla, de manera pública y detallada y ver qué sucede.

Sería esclarecedor para todos.

¿Qué es la normalización? Del lado estadounidense, significaría la suspensión inmediata de todas las sanciones económicas y diplomáticas impuestas por este o anteriores gobiernos. Significaría tener una Embajada de Estados Unidos en Teherán y una iraní en Washington. Significaría vuelos directos entre ciudades iraníes y estadounidenses. Significaría comercio bilateral, inversiones directas y el fin de sanciones secundarias que castigan a empresas no estadounidenses por hacer negocios con Irán. Significaría que decenas de miles de estudiantes iraníes estén inscritos nuevamente en universidades estadounidenses y que decenas de miles de turistas estadounidenses exploren nuevamente los grandes bazares de las ciudades iraníes.

Al pueblo de Irán sin duda podría venirle bien ese acuerdo. Como Trump reimpuso sanciones el año pasado, las exportaciones iraníes de petróleo han caído más de la mitad, la inflación se ha disparado cerca del 40 por ciento y el rial ha perdido aproximadamente un 60 por ciento de su valor contra el dólar. Se espera que la economía de Irán se contraiga un seis por ciento este año. Según algunos cálculos, una tercera parte de todos los iraníes viven en la pobreza absoluta, no relativa, incapaces de costear los productos más básicos para vivir.

En cuanto a Irán, la normalización significaría comportarse como un país normal.

Un país normal, con las cuartas reservas petroleras probadas más grandes del mundo, uno en el que no sería necesario embarcarse en múltiples programas clandestinos para el enriquecimiento de uranio y la producción de plutonio. No se habría involucrado en un extenso trabajo experimental para descifrar cómo detonar una central nuclear fisible. No habría conservado una red ilegal para burlar las restricciones occidentales relativas a la venta de tecnologías de uso dual para sus programas de misiles.

Un país normal es uno que no llevaría a cabo masacres terroristas en Argentina. No buscaría asesinar (con la intermediación de un cártel mexicano del narcotráfico) al embajador saudita en un restaurante de Washington, D.C. No intentaría llevar a cabo un complot de asesinato en Dinamarca ni un ataque con bombas en Francia.

Un país normal no daría apoyo militar, financiero ni logístico a Bashar al Asad en Siria, quien parece haber retomado el uso de armas químicas contra sus enemigos. No suministraría armas, entrenamiento ni nuevos reclutas al Talibán. No daría a sus representantes en Yemen misiles balísticos, en especial ahora que esos representantes están lanzando misiles a la Meca. No sería uno de los principales patrocinadores de grupos insurgentes y terroristas en todo el Medio Oriente. No reconocería ni buscaría continuamente, a un costo considerable para sí mismo, la destrucción de otro Estado con el que no tiene un conflicto histórico ni territorial.

Un país normal no llevaría a la horca a los homosexuales. No encarcelaría a las mujeres dentro de su propia ropa. No detendría continuamente a nacionales extranjeros, incluidos periodistas estadounidenses, por cargos fabricados como un medio para obtener ventajas diplomáticas o financieras.

En resumen, conforme a los términos de un acuerdo de normalización por normalización, Irán podría liberarse de toda la presión estadounidense haciendo de lado permanentemente sus ambiciones nucleares, sus escándalos por violaciones a los derechos humanos y su comportamiento internacional imprudente. No es mucho pedir.

O al menos no debería serlo, razón por la cual Trump tiene que manifestarlo mediante un discurso redactado con sumo cuidado, como los que los presidentes normales pronuncian sobre asuntos internacionales y domésticos de vital importancia. Mike Pompeo manifestó términos similares de manera generalizada en el discurso que pronunció sobre Irán hace un año, pero su tono fue más beligerante que cautivador. Trump prefiere la combinación de movimientos audaces con mensajes simples. Este sería un ejemplo de ello.

También sería poco probable que convenciera a los líderes de Irán. Las consignas de “Muerte a Estados Unidos” —y a Israel— no son una cuestión de propaganda para el régimen; son su motivo de ser y de actuar. La oposición del régimen a Estados Unidos no se remonta a 1953 ni la complicidad de Estados Unidos en la destitución de Mohammad Mosaddegh como primer ministro de Irán (un golpe de Estado que los clérigos apoyaron en su momento). Se remonta a 1776 y el nacimiento del liberalismo político, el enemigo de todas las políticas teocráticas y las centradas en virtudes.

Una campaña de bombardeos de Estados Unidos en Irán podría dañar al régimen. La normalización total y auténtica lo acabaría aniquilando con el tiempo. Significaría, como lo dijo Trump el otro día, “el fin oficial” de Irán, no como nación, sino como el régimen que ha tiranizado a esa nación durante 40 años.

La exhibición de fuerza militar de la semana pasada tiene pocas posibilidades de conducir a una confrontación que ninguno de los dos países quiere. Trump piensa que evitar la guerra es fundamental para su reelección. Teherán piensa que es más probable que Trump sea un presidente de un solo periodo si pueden esperar a que termine su mandato sin una guerra. Estos son análisis incompatibles, pero deberían inducir a la acción mutua.

Razón de más para que Trump aproveche la iniciativa. Normalización por normalización es un concepto que este y futuros gobiernos estadounidenses podrían aceptar. Es uno que tanto el pueblo estadounidense como el iraní podrían entender. Y es uno que los líderes de Irán temerían. Dejemos que sean ellos quienes expliquen por qué los niños iraníes deben pasar hambre para que Hamás pueda disparar sus armas a los judíos.

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