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19 de julio 2019

Cuando los críticos de Donald Trump que pertenecen a la vieja guardia republicana lamentan lo que este le ha hecho al conservadurismo estadounidense, suelen quejarse en específico del abandono de la idea del excepcionalismo estadounidense. Hubo un tiempo en el que los republicanos veían a su país con optimismo; con Trump solo ven una “carnicería estadounidense” y decadencia. Alguna vez, Ronald Reagan y George W. Bush creyeron en un Estados Unidos que era el líder del mundo libre, la ciudad resplandeciente sobre una colina; con Trump, la visión republicana de la posición estadounidense en el mundo es oscura, desagradable y de suma cero.

En un discurso esta semana en Washington durante una conferencia organizada para darle forma y sustancia al giro nacionalista y populista del conservadurismo, Peter Thiel, el hereje de Silicon Valley que apoya a Trump, básicamente se apropió de esa acusación. Una fe incondicional en el excepcionalismo estadounidense, sugirió (según notas que tomó una asistente, Bonnie Kavoussi), a menudo les dio licencia a los conservadores anteriores a Trump para ignorar los problemas crecientes de su país en su propio país, las formas en que nos íbamos convirtiendo en “excepcionales en el mal sentido”, desde nuestro índice de obesidad hasta nuestra epidemia de opioides, desde nuestra infraestructura decadente hasta nuestro narcisismo injustificado.

Así que el giro nacionalista en la política conservadora, continuó Thiel, no necesariamente genera un espíritu chauvinista de “mi país, esté en lo correcto o no”, como los críticos objetan. Más bien, al preguntarse: “¿Cómo le va a mi país al compararlo con otros países?”, el nacionalista puede reconocer problemas que el excepcionalismo ignora y proponer soluciones que este grupo de entrada rechaza.

Los comentarios de Thiel me recordaron un ensayo de Michael Brendan Dougherty de National Review, otro escritor favorable al nacionalismo, que definió el nacionalismo no como la corrupción del patriotismo, sino como un ejemplo de cómo se ve el patriotismo “en su estado molesto”, cuando alguna falla interna o desafío externo convence a la gente de que la nación que aman ha perdido el rumbo o está al borde del desastre, y que regodearse en el excepcionalismo sensiblero solo garantizará que su país no conserve la excepcionalidad por mucho tiempo.

Me gusta el argumento Thiel-Dougherty a favor de ser escéptico ante el excepcionalismo porque coincide con el desarrollo de los debates conservadores antes y después del ascenso de Donald Trump. El movimiento conservador moderno se organizó —al menos en su versión más idealista— para defender características genuinamente distintivas de la vida estadounidense: nuestra mezcla única de dinamismo comercial, fervor religioso, amor por la comunidad y desconfianza descentralizadora del Estado. Sin embargo, en la dispensación posterior a la Guerra Fría, esta defensa se volvió mecánica y poco convincente, pues incluso mientras alardeaban sobre su propio patriotismo y la perfidia del liberalismo, los políticos conservadores no parecían realmente estar cultivando ni sosteniendo aquello que su ideología afirmaba defender.

Esta tendencia terminó convertida en el conservadurismo de la era de Obama, que decidió que cualquiera que no estuviera contento con la gobernanza republicana no era más que un ingrato que no merecía el experimento estadounidense: uno se volvía socialista si dudaba de la perfección de nuestro sistema de servicios médicos, parte del “47 por ciento” de gorrones si no pensaba que el recorte fiscal a las ganancias de capital resolvería la crisis social de la clase trabajadora, un conciliador si dudaba de la sabiduría de una política exterior de máxima línea dura.

Mientras que el no excepcionalismo consciente de la campaña de 2016 de Donald Trump, su disposición a hablar mal de Estados Unidos, a lamentar las maneras en las que hemos perdido terreno ante nuestros competidores, a prometer restablecer la grandeza perdida y a culpar a ambos partidos del declive, todo esto en realidad era mucho más adecuado que el mensaje de Romney y Ryan para las condiciones socioeconómicas reales que enfrentan muchos estadounidenses. Y a la sombra de ese no excepcionalismo trumpiano se ha abierto un debate en la derecha mucho más interesante sobre lo que aflige a Estados Unidos, uno que reconoce más de los fracasos que el excepcionalismo alentó (principalmente las aventuras militares equivocadas) y los problemas de estratificación, estancamiento y descomposición social que a menudo ignoró.

Pero —y saben que hay un pero— ninguna de las personas que participan en este animado debate son el presidente de Estados Unidos. Y en el presidente mismo podemos ver cómo el nacionalismo en el poder, en lugar de corregir el excepcionalismo como sugiere Thiel, puede sencillamente convertirse en una versión más descarnada y excluyente de la mentalidad de “todo es fabuloso” que, por principio de cuentas, inspira su molestia.

Esto ocurre de dos formas. La primera es que una vez que los nacionalistas controlan el gobierno, se sienten tentados a insistir en que han logrado restaurar la grandeza mucho antes de que se logre alguna restauración. En el caso de Trump esta tentación es una compulsión: en poco más de dos años hemos pasado de la “carnicería estadounidense” a la proclamación de ayer en Twitter de que Estados Unidos “nunca ha sido más fuerte de lo que es ahora, con un Ejército reconstruido, un mercado de valores más elevado que nunca, el desempleo más bajo y más gente trabajando que nunca antes. ¡Mantengamos grandioso a Estados Unidos!”.

En otras palabras, los problemas que me llevaron al poder ya no pueden ser problemas ahora que estoy a cargo, lo cual, a su vez, supone que todo aquel que insista en que en realidad siguen existiendo problemas debe ser el verdadero problema. Es en este espíritu que los nacionalistas en el poder suelen acabar usando como chivo expiatorio a algún grupo de descontentos o críticos dentro del país, insinuando que ellos son los saboteadores y los que lo echan a perder todo, que sus quejas son una traición, que deberían ser expulsados.

Y es este espíritu el que da forma al espectáculo extraño pero predecible de Trump —apenas a dos años de la campaña en la que enfatizaba continuamente los fracasos de su país—, en el que despotrica contra un grupo de congresistas de izquierda por sus críticas hacia Estados Unidos y les pide que regresen a los países de donde tres de ellas, de hecho, no vinieron.

En otras palabras, con un tono intolerante, o lo aman o se van, lo que no es una corrección populista del excepcionalismo, sino la forma más torpe del excepcionalismo.

En su defensa parcial de las explosiones nacionalistas, Dougherty nos exhorta a “juzgarlas según el caso”.

Cuando los no nacionalistas observan la naturaleza irritada e irritable del nacionalismo, suele pasar que lo que dicen inmediatamente después es: “Bueno, tienen algo de razón”. Uno juzgaría un movimiento nacionalista de la manera en la que juzgaría a cualquier hombre o grupo de hombres en un estado agitado. ¿Tienes derecho a estar molesto por este asunto? ¿Qué planeas hacer al respecto? ¿Cómo planeas hacerlo?

Juzgado con base en este estándar, el giro nacionalista en la política conservadora me parece claramente justificable, una respuesta a una serie de errores de la élite que deberían inspirar enojo y rebeldía. El debate intelectual generado por este giro, ya sea que ocurra en las salas de conferencia de Washington o en los diarios conservadores o en la hora del noticiero Fox News a las 8 p. m., suele ser mucho más relevante para los problemas estadounidenses que el debate conservador antes de 2016.

No obstante, el nacionalista en el Despacho Oval, por desgracia, sigue siendo una desgracia excepcional.

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