Seamos banales por un momento. Olvidémonos de nuestra interminable reserva de problemas críticos y solo tratemos de pensar en una buena manera de torturar a Donald Trump.
Psicológicamente.
La crítica razonada nunca funciona. Tenemos que rebajarnos a su nivel si queremos que nos ponga atención. No lo haremos burlándonos de su cabello ni de su figura ni del brillo anaranjado de su rostro. Burlarnos de las personas por su apariencia es caer demasiado bajo. Además, parece estar tan seguro de que es una persona encantadora que nada de eso le afectará.
Si realmente queremos volverlo loco, tenemos que correr la voz de que no es capaz de juntar a una multitud.
Ya saben lo obsesionado que está Trump con ese tema. Siempre que va a un mitin —lo cual parece suceder un día sí y otro también— alardea sobre la enorme cantidad de gente que se amontonaba para verlo:
“Para que se den una idea, nunca en la historia de la política había habido multitudes como esta”.
“Vaya que esta es una asistencia récord”.
“He roto más récords [de audiencias] que Elton John y no toco ningún instrumento musical”.
Hay dos cosas que habría que destacar sobre este último comentario. La primera es que el presidente agregó después de eso que el único instrumento musical que tenía era su boca, “y, por suerte, el cerebro está conectado a la boca”. Hay tantas, pero tantas maneras, en serio, en que podríamos haber concluido ese pensamiento.
La otra es que Elton John atrae a mucha más gente.
Trump no puede soportar las sugerencias de que no es un imán de las multitudes. Cada vez que aparece en un escenario, parece totalmente obligado a afirmar que la audiencia es de dimensiones épicas. ¡El lugar está abarrotado! ¡Y ni hablar de los montones de personas que están esperando afuera!
Allá por febrero, fue a un evento en El Paso, Texas, el mismo día que Beto O’Rourke había organizado su propio mitin. La pelea unilateral por quién había congregado al mayor número de personas se salió un poco de tono, por no decir que se volvió algo fálica. “Hay, por decir algo, 35.000 personas hoy y él tiene a 200 o 300 personas. ¡Nada bien!”, dijo el presidente de Estados Unidos a su público.
La obsesión por ganarle a Beto siguió imparable. O’Rourke, en uno de los mejores momentos de su carrera política, dijo que el análisis “solo muestra lo enfermo que está este tipo”. También demostró lo malo que es Trump para las matemáticas: el cuerpo de bomberos local dijo que la capacidad del auditorio era de alrededor de 6500 personas y que había, como máximo, 10.000 personas más de pie afuera. Según cálculos, la audiencia de O’Rourke era de hasta 15.000 personas.
Si tan solo hubiera encabezados en todo Texas que anunciaran: “Decepciona el tamaño de la audiencia de Trump”, o mejor aún: “¿Beto pudo más?”. ¿Se imaginan lo miserable que eso haría al comandante en jefe?
A lo mejor ya es ir demasiado lejos, a pesar de las quejas del presidente en las que afirmaba lo contrario, los reporteros de los principales medios que cubrieron su evento hicieron todo lo posible por ser objetivos. Sin embargo, ahora estamos en la sección de Opinión, así que seamos sarcásticos.
La multitud de El Paso se volvió motivo de debate nacional cuando Trump fue a visitar a las víctimas del tiroteo de Walmart mientras toda la nación se preguntaba si las diatribas del presidente contra los mexicanos en la frontera habían desatado la tragedia.
Ninguno de los pacientes quiso verlo, así que Trump estuvo con el personal del hospital. Casi de manera instantánea, se olvidó del motivo de su visita y comenzó a hablar sobre aquel mitin de El Paso. “El lugar estaba a reventar. (…) Había el doble de gente afuera. Y luego estaba el loco de Beto, Beto tenía como a 400 personas en un estacionamiento”, parloteó el presidente.
Nadie iba a cuestionar las cifras de Trump mientras estaba ahí de pie, quizá algo estupefacto, escuchando al presidente de Estados Unidos alardear sobre el tamaño de su audiencia después de un espantoso asesinato en masa. Y nadie iba a preguntarle al respecto en su siguiente conferencia de prensa, debido a que no ha habido una desde hace más de 900 días
Hasta Trump debe haberse dado cuenta de que con eso se había pasado bastante de la raya. Se contuvo de darle rienda suelta al tema de la asistencia cuando habló en Pensilvania el martes. Sí volteó a ver la sección de los medios e hizo la observación de que había “mucha gente” para ser un evento a las 11 de la mañana. Aquella afirmación se alejaba ligeramente de la verdad solo por el hecho de que en realidad eran las 2:42 de la tarde.
El mitin tuvo lugar en el sitio de construcción de una enorme planta química. “Fue el gobierno de Trump el que hizo esto posible”, dijo el presidente de un proyecto que se anunció por primera vez en 2012. Se suponía que el viaje sería para dar un discurso oficial de la Casa Blanca sobre las políticas energéticas. Eso quiere decir que los contribuyentes estaban pagando por su oportunidad de fanfarronear sobre su margen de victoria en West Virginia en 2016, burlarse de Joe Biden y Elizabeth Warren, y anunciar las nuevas cifras de Florida que demostraban que su campaña de reelección “lucía fantásticamente bien”.
Habló ante una multitud de unas 5000 personas. Analizando su esfuerzo, lo único razonable que se podría hacer sería señalar la absoluta ausencia en sus argumentos del tema de la energía y la economía. Pero ya saben que no haría caso. ¿Y si los encabezados dijeran: “Una multitud decepcionante para una visita presidencial”, y las notas se centraran en el hecho de que a principios de este año en las proximidades de Pittsburgh, Trevor Noah atrajo a una multitud bastante numerosa en una arena para 12.500 personas?
Eso no es periodismo responsable. Pero tal vez lo haría entrar en razón. O al menos lo dejaría en cama, en posición fetal, chupándose el dedo mientras alguien más se hace cargo del gobierno.