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30 de agosto 2019

Del otro lado de la calle que estaba a punto de convertirse en un campo de batalla, las fuerzas se congregaron en cada lado con sus máscaras antigases bien ajustadas mientras manipulaban sus armas con nerviosismo.

La policía antidisturbios, con pistolas en la cintura, estaba lista para usar sus lanzagranadas de gas lacrimógeno y armas cargadas con balas de goma. Calle abajo, jóvenes manifestantes prodemocracia montaron barricadas para detener a la policía y tendieron sedales desde el otro lado de la calle para que se tropezara.

Ambos bandos llevaban cascos y máscaras antigases, y los dos estaban aferrados a palos o cachiporras. Entonces, la policía inició la carga, y un vecindario tranquilo hizo erupción y se convirtió en una nube de gas lacrimógeno, piedras voladoras y cocteles molotov.

Los gobiernos de Hong Kong y China han manejado mal estas protestas desde el inicio, y ambas partes ahora están escalando y se están volviendo cada vez más violentas. Ese enfrentamiento en la calle fue un microcosmos de una batalla más grande entre el presidente de China, Xi Jinping, quien está determinado a imponer un orden que le plazca a él, e innumerables hongkoneses, que tienen la misma determinación a vivir con libertad.

Mi corazón está con los manifestantes. Los hongkoneses son gente muy preparada y por supuesto merecen el derecho de elegir a sus líderes. China, bajo el mandato de Xi, ha socavado la autonomía de Hong Kong, de la misma manera en que ha intensificado la represión en China, así que es imposible no sentirse inspirado por casi dos millones de valientes hongkoneses que marchan para ganar derechos que se dan por sentados en una gran parte del mundo.

Al igual que sucedió con las protestas de Tiananmen en 1989, las de Hong Kong en parte buscan la democracia, pero también revelan frustraciones económicas. El hongkonés promedio disfruta de un espacio para vivir de apenas 14,8 metros cuadrados, tan solo un pelo más grande que el tamaño promedio de un cajón de estacionamiento en la ciudad de Nueva York.

Como sucedió en 1989, estas protestas se agravaron por el mal manejo y la arrogancia del gobierno. La línea dura de China también ha antagonizado  profundamente a los hongkoneses. Hay grafitis por todas partes que denuncian la influencia “chinazi”, y la gente me regaña cuando me refiero a la población de aquí con el término antiguo y conocido de “chino de Hong Kong”. No, la gente me refuta: no somos chinos. Di “hongkonés”.

He ahí uno de los legados de Xi: ha manchado la palabra “chino”.

La policía de Hong Kong a veces se ha refrenado, otras ha tenido mano dura, al disparar granadas de gas lacrimógeno de una manera que, según los expertos, es peligrosa y excesiva.

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