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2 de marzo 2020

¿Cuándo dejaremos de ser seguidores de líderes carismáticos y empezaremos a ser ciudadanos?

Diego Fonseca

Desear que le vaya bien a un presidente, de Nayib Bukele a Andrés Manuel López Obrador, también implica criticarlo cuando falla.

Miles, millones de personas han abrazado la fe y se golpean el pecho de amor y orgullo cuando ven a Donald Trump, Jair Bolsonaro, Nayib Bukele, Evo Morales o Cristina Fernández.

Son las masas: los creyentes. Votan gobiernos abiertamente autócratas o autoritarios y en ocasiones de vocación totalitaria que recortan derechos y flamean soluciones milagrosas (e imposibles). Lo hacen porque, por fin, los han escuchado. No importa si son candidatos misóginos, xenófobos y racistas; mentirosos y corruptos; sectarios y violentos.

El enojo y frustración de esas masas de votantes creyentes al fin encontró justificación: alguien les dice lo que querían oír. El resultado: la calidad democrática de nuestros países no ha mejorado con los mesianismos. En nombre de una entelequia que llaman “pueblo” y solo existe en tanto les rinda culto, muchos de los nuevos líderes de los últimos 30 años se han cargado instituciones, gobiernos, economías, futuros… Trabajaron para convertir a ciudadanos en devotos. Pero hay camino.

A las democracias latinoamericanas no las salvarán sus jefazos, sino algo más pedestre: nosotros. Sus ciudadanos. Vivimos tiempos turbulentos. La política de los sentimientos patea en el piso al racionalismo. Podemos explicar mil veces qué está mal y dará igual: mientras un elector sienta que el líder lo representa –incluso con caos y brutalidad–, seguirá idealizándolo.

Todo mesiánico saca provecho de la fe de las masas para perpetuar su credo personalista sin importarle el daño que produzca a la calidad democrática. ¿Para qué división de poderes si es más práctico cuando uno solo decide? Síganme, no los voy a defraudar, reclamaba uno. Créanme, pedía Trump.

Si no me votaron, no tienen igual derecho a criticarme, sugirió Andrés Manuel López Obrador. Dios me pidió paciencia, apostoló Bukele.

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