En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los aborrecen, bendigan a quienes los maldicen y oren por quienes los difaman. Al que te golpee en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite el manto, déjalo llevarse también la túnica. Al que te pida, dale; y al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames.
Traten a los demás como quieran que los traten a ustedes; porque si aman sólo a los que los aman, ¿qué hacen de extraordinario? También los pecadores aman a quienes los aman. Si hacen el bien sólo a los que les hacen el bien, ¿qué tiene de extraordinario? Lo mismo hacen los pecadores. Si prestan solamente cuando esperan cobrar, ¿qué hacen de extraordinario? También los pecadores prestan a otros pecadores, con la intención de cobrárselo después.
Ustedes, en cambio, amen a sus enemigos, hagan el bien y presten sin esperar recompensa. Así tendrán un gran premio y serán hijos del Altísimo, porque él es bueno hasta con los malos y los ingratos.
Sean misericordiosos, como su Padre es misericordioso. No juzguen y no serán juzgados; no condenen y no serán condenados; perdonen y serán perdonados; den y se les dará: recibirán una medida buena, bien sacudida, apretada y rebosante en los pliegues de su túnica. Porque con la misma medida con que midan, serán medidos».
REFLEXIÓN
Amar a los enemigos
Padre Nicolás Schwizer
Instituto de los Padres de Schoenstatt
Ley del amor. El amor del cristiano es universal, sin límites. No podemos excluir a nadie: ni a cristianos ni a paganos, ni a ricos ni a pobres, ni a amigos ni a enemigos, ni a personas simpáticas ni antipáticas.
Pero no podemos regalar a todos el mismo amor. Existe un orden en el amor.
En primer lugar estamos nosotros mismos. Cristo supone este amor propio, cuando nos dice que la norma para el amor al prójimo es el amor a nosotros mismos. Pero tiene que ser un amor sano, equilibrado, maduro – no un amor egoísta.
En segundo lugar, el amor a nuestros seres queridos: familiares, amigos, personas cercanas. Porque “el amor ha de comenzar por casa”.
Y resulta que muchas veces es más difícil amar a los cercanos que a los lejanos. Puede pasar por ejemplo en un matrimonio o en una comunidad religiosa: con el correr del tiempo uno se olvida de los valores y virtudes del otro y se fija casi sólo en sus defectos. Uno se molesta más por los defectos que se alegra por los valores del otro.
Y aquí nos viene entonces este Evangelio de hoy. Nos muestra los distintivos del verdadero cristiano. Nos presenta las exigencias del Señor para todos aquellos que queremos ser sus discípulos.
+ Son exigencias muy claras: tenemos que amar a los enemigos. Tenemos que amar sin esperar retribución de los demás. Tenemos que amarlos como queremos que ellos nos amen a nosotros.
+ Son exigencias muy concretas: por ejemplo: hacer el bien a los que nos odian. Orar por los que me injurian. Al que me pega, ofrecerle también la otra mejilla. Al que me roba la capa, darle también la túnica. Prestar a los demás, sin esperar que me lo devuelvan.
Son exigencias tan concretas, que nadie puede escaparles o decir que no las entiende.
+ Son exigencias muy difíciles: se trata de un ideal muy alto, difícil de alcanzar. Porque se trata de criterios totalmente opuestos a los que valen en nuestro mundo de hoy:
Criterios del amor – no del egoísmo o instinto.
Criterios de la generosidad – no de la estrechez de espíritu.
Criterios de Dios – no criterios del hombre. Es por eso que causan extrañeza, incomprensión, burla de parte de los demás. Sin embargo, como auténticos discípulos de Cristo, tenemos que aspirar a ellos.
+ Son exigencias muy fecundas: que nos regalan una recompensa eterna. Se trata de imitar el mismo actuar de Dios, que es bueno también con los malos: No juzgar, ni condenar, sino ser comprensivo, perdonar, dar – como Dios lo hace.
Si actuamos así, nuestra recompensa será grande:
– Seremos tratados por Dios de la misma manera, con la misma medida, como lo hicimos nosotros.
– Seremos acogidos con generosidad, misericordia y amor paternales por parte de Dios.