Un día en que Jesús, acompañado de sus discípulos, había ido a un lugar solitario para orar, les preguntó: “¿Quién dice la gente que soy yo?”. Ellos contestaron: “Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, que Elías y otros, que alguno de los antiguos profetas que ha resucitado”.
Él les dijo: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”. Respondió Pedro: “El Mesías de Dios”. Él les ordenó severamente que no lo dijeran a nadie. Después, les dijo: “Es necesario que el Hijo del hombre sufra mucho, que sea rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, que sea entregado a la muerte y que resucite al tercer día”.
Luego, dirigiéndose a la multitud, les dijo: “Si alguno quiere acompañarme, que no se busque a sí mismo, que tome su cruz de cada día y me siga. Pues el que quiera conservar para sí mismo su vida, la perderá, pero el que la pierda por mi causa, ese la encontrará”.
Reflexión
Cristo vive entre nosotros
Conocer a Cristo no puede limitarse tampoco a un conocimiento intelectual. “Solo se ve bien con el corazón”, nos diría ‘El Principito’.
Otros, igual que hace más de 2 mil años, ven en Jesús a un gran hombre, un profeta, el profeta más grande. Piensan que es un hombre extraordinario que predicó y vivió el mensaje de amor más hermoso que la tierra haya presenciado y ven, en Él, el modelo de un auténtico humanismo, de un mundo de justicia y de paz, pero no descubren, en Él, al Dios lleno de amor.
Y estamos nosotros, los cristianos. Nosotros creemos en Él y ponemos nuestra confianza en Él porque es Él quien nos ha revelado el rostro amoroso del Padre y es Él quien ha venido a librarnos personal y colectivamente, quien murió y resucitó para que nos convirtamos en hombres nuevos en un mundo nuevo.
Sin embargo, aquí, hemos de distinguir dos niveles de fe en Jesucristo: están los que creen en Jesús, Hijo de Dios, como hombre del pasado y los otros que creen en Jesús, Hijo de Dios, pero como hombre del presente.
Si yo preguntara a un grupo de cristianos dónde está Jesucristo resucitado, algunos me dirían: “¡Está en el cielo!”. Otros me dirían: “¡Cristo está entre nosotros!”. En realidad, el Señor sigue viviendo en medio de nosotros, claro que ya no con una presencia física como cuando andaba por Palestina hace más de 2 mil años, pero sí con una presencia real.
Él mismo nos lo dijo: “Yo estaré siempre con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20), y también: “Cuando dos o tres se reúnen en mi nombre, yo estaré en medio de ellos” (Mt 18,20), y, al hablar del juicio final, dijo: “Cuando lo hicieron con uno de estos más pequeños, conmigo lo hicieron” (Mt 15.40).
Por aquí, pasa, entonces, la línea divisoria entre los cristianos que creen en un Cristo, hombre del pasado, que ha dejado la tierra y ha subido al cielo, y los que creen en Cristo, hombre del presente, resucitado, pero viviendo, hoy, entre nosotros.
Los primeros insistirán en la presencia de Dios que está en el cielo y que está en el pasado. Las celebraciones religiosas son, para ellos, más bien, manifestaciones del recuerdo: recuerdo de los acontecimientos históricos en la vida de Jesús.
Los segundos adorarán también al Padre que está en los cielos, pero mirarán, con la misma fe, la tierra para descubrir, en ella, a Jesucristo, el que está viviendo hoy en medio de ellos y se unirán con Él para trabajar con Él por el reino del Padre en medio de este mundo. Celebrarán, no solo el recuerdo de Cristo, sino también su misterio que se desarrolla hoy en la historia del mundo, haciéndolo presente en el seno de la Iglesia.
Admitir que haya venido Dios entre los hombres ya no es cosa fácil. Tal vez, a los ojos de muchos, no resulte conveniente que Él, siendo Dios, haya tornado la condición de siervo y se haya humillado tanto. Será por eso que no pocas almas buenas se encargan de colocarlo de nuevo en su sitio: en el cielo.
Pero lo que ya resulta insoportable para muchos es que este Dios se empeñe en permanecer entre nosotros y, peor todavía, en identificarse con los encarcelados, los hambrientos, los enfermos, los forasteros, los pobres… porque resulta, entonces, que uno no puede salir de su casa sin encontrarlo. Ir al trabajo, a la escuela, dar un paseo, participar en una reunión sin darse de narices con Él. Uno ya no puede encontrarse con nadie sin escuchar constantemente en el oído: “Lo que haces a uno de estos mis pequeños, a mí, me lo haces”.