En aquel tiempo, Jesús se hizo acompañar de Pedro, Santiago y Juan, y subió a un monte para hacer oración. Mientras oraba, su rostro cambió de aspecto y sus vestiduras se hicieron blancas y relampagueantes. De pronto aparecieron conversando con él dos personajes, rodeados de esplendor: eran Moisés y Elías. Y hablaban de la muerte que le esperaba en Jerusalén.
Pedro y sus compañeros estaban rendidos de sueño; pero, despertándose, vieron la gloria de Jesús y de los que estaban con él. Cuando éstos se retiraban, Pedro le dijo a Jesús: «Maestro, sería bueno que nos quedáramos aquí y que hiciéramos tres chozas: una para ti, una para Moisés y otra para Elías», sin saber lo que decía.
No había terminado de hablar, cuando se formó una nube que los cubrió; y ellos, al verse envueltos por la nube, se llenaron de miedo. De la nube salió una voz que decía: «Éste es mi Hijo, mi escogido; escúchenlo». Cuando cesó la voz, se quedó Jesús solo. Los discípulos guardaron silencio y por entonces no dijeron a nadie nada de lo que habían visto.
REFLEXIÓN
Transfiguración
Padre Nicolás Schwizer
Instituto de los Padres de Schoenstatt
Hoy la Iglesia nos presenta el suceso de la transfiguración del Señor. Parece que al inicio de este tiempo de Cuaresma, la Iglesia quiere animarnos y fortalecernos con esta manifestación de la gloria de Jesús. Quiere preparamos para los momentos de dolor, de pasión y muerte de Él.
Cuando uno se encuentra con Cristo y se decide a seguirlo se enfrenta con una aventura llena de riesgos, de imprevistos, de hechos desconcertantes. Jesús no nos garantiza una permanencia prolongada sobre el Tabor. Es verdad, Él puede llevarnos consigo mucho más alto todavía, puede regalamos momentos de felicidad inmensa.
Pero también puede llamarnos a que vigilemos con Él en interminables noches de angustia, de dudas, de oscuridad. Cuando parece que todo se va a hundir, cuando parece que nuestro mundo se viene abajo. Nos sentimos invadidos por el desánimo, por un sentido de inutilidad de nuestra vida y de nuestra actividad.
Sin embargo, es este justamente el punto decisivo de nuestra vida cristiana. Se trata de que no desertemos. Se trata de que nos quedemos clavados junto a Cristo, aún cuando su rostro es poco atrayente, incluso cuando nos da la impresión de que Él no está allí.
Hemos de saber decir, tanto en el Tabor como en Getsemaní: “Sí, conozco a ese hombre”. Hemos de reconocer su presencia aun cuando sea una presencia incomoda, comprometedora, aún cuando no haga más que desmentir nuestras más legítimas esperanzas.
Hermanos, quisiera llamar su atención sobre otro aspecto. Las horas de Tabor no sólo contrastan con las horas de Getsemaní. Sino se elevan también muy por encima de la vida cotidiana, tal como el monte Tabor se eleva por encima de la llanura. Y sabemos que los momentos de Tabor no perduran, no son eternos, se acaban demasiado pronto.
También Jesús y sus apóstoles tuvieron que bajar del monte. Y allí abajo se encontraron inmediatamente sumergidos en la vida de cada día: miserias, sufrimientos, mezquindades. El que ha estado en la montaña, cuando vuelve abajo, siente como se le estrecha el corazón y experimenta una sensación de ahogo. Todo le parece tan pequeño, tan vulgar en comparación con las cosas que ha saboreado allá arriba.
Es ese también nuestro drama. De la contemplación hay que bajar a la vida cotidiana. Cuando se ha estado con el Señor, sobre el Tabor, se hace difícil soportar de nuevo el mundo y a los hombres con sus pequeñeces, sus tensiones, sus superficialidades.
El ideal que hemos sentido tan elevado, tan fascinante, lo vemos ahora encarnado en una realidad pequeña y pobre.
Y entonces nos viene, sutilmente, la tentación de ceder, de adaptamos, de arrojar las armas. En esos momentos, sólo los hombres verdaderamente grandes permanecen fieles. Ellos guardan, en medio de la oscuridad de la llanura, una llama de aquella luz que han contemplado en las alturas.
Se trata de contraponer la luz a las tinieblas, la grandeza a la mediocridad, la generosidad a la mezquindad, el amor al odio, el interés a la indiferencia.
Se trata de una lucha que, en ciertos momentos, parece perdida. Tan duras son las cosas y las situaciones a las que intentamos oponernos. Pero será la paciencia y la fidelidad que nos llevarán al éxito. Nos daremos cuenta de que un poco de luz ha logrado superar las sombras.