En aquel tiempo, algunos hombres fueron a ver a Jesús y le contaron que Pilato había mandado matar a unos galileos, mientras estaban ofreciendo sus sacrificios. Jesús les hizo este comentario: «¿Piensan ustedes que aquellos galileos, porque les sucedió esto, eran más pecadores que todos los demás galileos? Ciertamente que no; y si ustedes no se convierten, perecerán de manera semejante. Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿piensan acaso que eran más culpables que todos los demás habitantes de Jerusalén?
Ciertamente que no; y si ustedes no se convierten, perecerán de manera semejante».
Entonces les dijo esta parábola: «Un hombre tenía una higuera plantada en su viñedo; fue a buscar higos y no los encontró. Dijo entonces al viñador: ‘Mira, durante tres años seguidos he venido a buscar higos en esta higuera y no los he encontrado. Córtala. ¿Para qué ocupa la tierra inútilmente?’. El viñador le contestó: ‘Señor, déjala todavía este año; voy a aflojar la tierra alrededor y a echarle abono, para ver si da fruto. Si no, el año que viene la cortaré’ «.
REFLEXIÓN
Conversión por medio del sufrimiento
Padre Nicolás Schwizer
Instituto de los Padres de Schoenstatt
Estamos en medio del tiempo de Cuaresma. Y uno de los grandes temas de este tiempo es el tema de la conversión. También en el Evangelio de hoy, Cristo nos llama a convertirnos. Lo hace mediante la parábola de la higuera estéril e interpretando dos acontecimientos de aquel tiempo.
El primer acontecimiento: unos peregrinos de Galilea subieron a Jerusalén a ofrecer los sacrificios. Con la excitación del momento religioso o de la fiesta se produjeron disturbios. Y Pilato pensó que era mejor cortar toda posible causa de inquietud, ahogando el disturbio con sangre.
El segundo acontecimiento: una catástrofe imprevista – la caída de una torre en Jerusalén, con el saldo de 18 muertos.
Interpretando los dos hechos, Cristo enseña que estos muertos no eran más pecadores ni más culpables que los demás. Con ello va en contra de una creencia bastante generalizada: Muchos ven en una desgracia de este tipo un castigo de Dios.
Una superstición antigua, que no se ha extinguido todavía, ha sugerido siempre a los hombres que Dios recompensa a los justos y castiga a los malvados, ya en este mundo. Entonces, el desgraciado tiene que ser culpable, necesariamente. Y el que goza de mayor prosperidad es considerado como el más virtuoso.
Ya los apóstoles le habían preguntado a Jesús, cuando vieron el ciego de nacimiento:
“¿Ha sido él o sus padres los que han pecado, para que haya nacido ciego?” Y Jesús les dio esta respuesta liberadora: “Ni él, ni sus padres han pecado; ha sido para que se manifestaran en él las obras de Dios”.
Lo que nos enseña Jesús de este modo, es lo siguiente:
Que dejemos de perseguir a los que sufren, diciéndoles que Dios los ha castigado.
Que no nos gloriemos de nuestro bienestar y salud, como si fuera una señal de elección divina.
Y que dejemos de humillarnos a nosotros mismos, imaginándonos que Dios nos castiga cuando tenemos mala suerte. Lo más doloroso con que me he encontrado en enfermos, en personas que habían perdido a un ser querido o que estaban atravesando alguna prueba – ha sido esa convicción de que ellos eran los responsables de su desgracia y que Dios les había castigado.
Habrían sabido sobrellevar su Cruz, si lo mejor de sus fuerzas no hubiera estado minado por esa pregunta ansiosa: ¿Qué he hecho yo, para merecer semejante castigo? Jesús afirma que no hay ninguna proporción entre la desgracia y el pecado. Y a todos nos consta que los más sufridos no son ciertamente los que han cometido mayores crímenes. Al contrario, parece que son los justos los que padecen más en este mundo.
Hay un dicho inglés que lo expresa así: Si la lluvia del Señor cae igualmente sobre los malos y los buenos, no hay duda de que moja más a los justos, porque los malos les han quitado los paraguas, si es que aquellos no se los han prestado.
El mensaje central del Evangelio de hoy es la invitación de Cristo a la conversión: “Si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera”. Les recuerda a los sobrevivientes que en modo alguno pueden darse por seguros. Quien hasta el presente ha escapado con vida, no debe merecerse en la esperanza de que él sea mejor que los muertos y goce de más benevolencia por parte de Dios.