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28 de junio 2022

Mario Maraboto

En su mensaje de toma de protesta al cargo de Presidente Constitucional de los Estados Unidos mexicanos, Andrés M. López expresó: “Siempre he pensado que el poder debe ejercerse con sabiduría y humildad, y que sólo adquiere sentido y se convierte en virtud cuando se pone al servicio de los demás”.

Ese poder tan persistentemente ansiado por AMLO durante varios años, lo ha desquiciado y le ha hecho perder sentido a sus expresiones de su toma de protesta. En él no ha habido, ya no digamos sabiduría, ni siquiera sentido común y sensibilidad, y mucho menos humildad. Le ha ganado la vanidad; por tanto, no ha logrado hacer del servicio una virtud; su ejercicio del poder no se ha puesto al servicio de los demás -de todos los mexicanos- sino al de sus propios intereses.

En este presidente, más que en ninguno de los anteriores, se hace evidente que el poder es más un instrumento para poner en práctica la pasión de mandar, la dominación, el enriquecimiento fácil y el lucimiento, pero no una herramienta para servir. Desde un inicio perdió de vista que el ejercicio del poder es una gran responsabilidad que debería transformarse en un vínculo de unión entre gobernante y gobernados para llevar adelante, juntos, la gran empresa del bien común.

El doctor Alfredo Rodríguez Sedano, sociólogo por la Universidad de Navarra dice en un artículo sobre el poder de servir que “La proliferación de actitudes a las que llamamos servicio, desconectados del bien común, constituyen una verdadera dificultad para entender qué es claramente el servicio”. Es lo que AMLO no ha entendido.

Dice el autor que servir es difícil cuando se ignoran las condiciones que exige el servicio y las virtudes que se requieren para su recto ejercicio. Entre esas condiciones figura la actitud permanente de apertura a lo real, es decir, dirigir la inteligencia, la voluntad y los sentidos a la satisfacción de las necesidades de los otros.

Otra condición es la humildad para solicitar consejo; reconocer las limitaciones personales y acudir a otros, especialmente cuando la complejidad de algún suceso exige tener en cuenta muchos factores difícilmente observables por uno solo, pero que pueden ser percibidos con más seguridad por varios.

Asimismo, se requiere de la coexistencia, es decir el ser-con-otro, participar en la necesidad del otro, que es cuando el poder se transforma en positivo, ya que adquiere una dirección de servicio hacia el otro manifestado en una acción concreta.

Nada de lo anterior ocurre en el presente gobierno. En una audiencia del Papa Francisco, celebrada en febrero de 2016, Su Santidad dijo: “La riqueza y el poder son realidades que pueden ser buenas y útiles al bien común, si son puestos al servicio de los pobres y de todos, con justicia y caridad. Pero, como muchas veces sucede, si son vividas como privilegio, con egoísmo y prepotencia, se transforman en arrogancia, en dominio y atropello y en instrumentos de corrupción y de muerte”.

Se trata de ver al poder como servicio y entender el servicio como una acción que se materializa en hechos para el bien común. Nada de eso ha logrado el actual presidente de México. Servir desde el poder no es aparecer todas las mañanas en un show mediático para mentir e insultar; no es disponer de las horas de trabajo para ir a jugar beisbol y presumir sus buenos resultados en las redes sociales mientras el país se cae; no es ir los fines de semana a diferentes ciudades para hacer propaganda; no es satisfacer caprichos personales; no es repartir dinero.

El poder no es un lugar que se ocupa, sino un “poder hacer”, por tanto, un servicio cuya fecundidad debe verse día a día en bien de los gobernados y no en el de proyectos políticos como sucede en la actualidad.

 

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