En aquel tiempo, se presentó ante Jesús un doctor de la ley para ponerlo a prueba y le preguntó: «Maestro, ¿qué debo hacer para conseguir la vida eterna?». Jesús le dijo: «¿Qué es lo que está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?». El doctor de la ley contestó: «Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu ser, y a tu prójimo como a ti mismo». Jesús le dijo: «Has contestado bien; si haces eso, vivirás».
El doctor de la ley, para justificarse, le preguntó a Jesús: «¿Y quién es mi prójimo?». Jesús le dijo: «Un hombre que bajaba por el camino de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos ladrones, los cuales lo robaron, lo hirieron y lo dejaron medio muerto. Sucedió que por el mismo camino bajaba un sacerdote, el cual lo vio y pasó de largo. De igual modo, un levita que pasó por ahí, lo vio y siguió adelante. Pero un samaritano que iba de viaje, al verlo, se compadeció de él, se le acercó, ungió sus heridas con aceite y vino y se las vendó; luego lo puso sobre su cabalgadura, lo llevó a un mesón y cuidó de él. Al día siguiente sacó dos denarios, se los dio al dueño del mesón y le dijo: ‘Cuida de él y lo que gastes de más, te lo pagaré a mi regreso’. ¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del hombre que fue asaltado por los ladrones?». El doctor de la ley le respondió: «El que tuvo compasión de él». Entonces Jesús le dijo: «Anda y haz tú lo mismo».
Reflexión
El buen samaritano
Padre Nicolás Schwizer
Instituto de los Padres de Schoenstatt
Esta parábola es uno de los trozos más conocidos del Evangelio. Toca algo esencial del cristianismo: el amor al prójimo. Y Jesús presenta los hechos de una forma tan real y concreta, que ya ningún cristiano puede ignorar quién es su prójimo.
Todo empieza con la pregunta del letrado. Plantea el problema en el plano doctrinal. Pero Jesús no se deja envolver en un debate académico. Él introduce el problema por el cauce de la vida. No presenta una tesis, sino un hecho concreto. Y le obliga a su interlocutor, a escoger no una teoría sino una actitud práctica.
Al final no le pregunta: “¿Has entendido bien?”, sino que le impone: Anda y haz tú lo mismo. El letrado había venido a discutir. Pero se va con una obligación bien precisa de actuar: de mover las piernas, no la lengua; de hacer funcionar el corazón.
¿”Quién es mi prójimo”? le pregunta el letrado a Jesús. Él quiere una receta, una especie de lista de las personas a las que hay que considerar como prójimo. Pero Jesús le da la vuelta a la pregunta. Le indica como él mismo puede y debe ser el prójimo de los demás.
No quiere responder cuál es el prójimo en pasivo, sino que quiere descubrir quién es el prójimo en activo. Cristo traslada el centro de interés. El doctor de la ley se pone a sí mismo en el pedestal; y a los demás los pone a su alrededor.
Pero el centro no es el yo, sino todo el que se encuentra en mi camino y tiene necesidad de ayuda, de comprensión, de amor. El problema fundamental del cristiano no es el de saber quién es su prójimo. Su problema esencial consiste en “hacerse prójimo”, desplazando el centro de interés del yo a los demás.
El samaritano ha sabido colocarse en la perspectiva exacta, es decir, en la parte del otro, del necesitado.
Además, Jesús rechaza las diferentes categorías de prójimos, como las indicaba la ley. Anuncia un mensaje nuevo y original: todos los hombres son nuestros prójimos. No sólo hay que amar a los hermanos de raza o de religión. Hay que amar también a los extranjeros, e incluso a los enemigos, a cada uno de los seres humanos.
Pero la parábola es todavía mucho más chocante: Jesús elige a sus personajes, por una parte, entre los que aquel letrado considera como más sagrados: un sacerdote y un levita – y, por otra parte, entre los que tenía por más viles y despreciables: un samaritano.
Es la parábola más anticlerical del Evangelio. Jesús pone en escena a dos profesionales de la religión, a dos seres consagrados a Dios, dedicados a su servicio. Y sin embargo no se detienen. Seguramente están ocupados en cosas mucho más importantes; no pueden perder tiempo con este pobre desdichado.
Muy por encima de estos dos servidores de Dios, Jesús pone a un samaritano, es decir: a un hereje, a un cismático, a un hombre que para los judíos era todavía peor que un pagano, un enemigo tradicional por motivos religiosos.
Es un hecho de que con frecuencia se encuentra más corazón, más servicialidad y más compasión entre los que no creen, que entre los cristianos creyentes, pero endurecidos. ¿No será que la convicción de que se posee la verdad, endurece muchas veces los corazones?
¿No será que las prácticas religiosas nos hacen olvidar las obligaciones para con los hermanos? ¿No será que el celo por el primer mandamiento no garantiza en absoluto el pleno cumplimiento del segundo?
Porque de los dos grandes mandamientos, el único que nos garantiza de veras la entrada en la vida eterna, es el segundo. Sobre el girara el último juicio, porque su cumplimiento revela la sinceridad con que hayamos cumplido con el primero.