Finalmente llegó la presentación del cuarto informe de gobierno con su respectivo mensaje político del actual presidente. Más allá de los otros datos y de que “estamos mejorando” y “estamos saliendo adelante”, me parece que el contenido del discurso fue el esperado en cuanto al tono demagógico al que, lamentablemente, ya estamos acostumbrados.
El discurso que escuchamos, independientemente de que no tuvo la enjundia característica de otros de AMLO, estuvo cargado de una retórica propia de quien se siente dueño de la verdad absoluta, pero es incapaz de reconocer la realidad y actuar en consecuencia para corregir lo que se ha hecho mal. Fue una perorata no para el pueblo, sino para él mismo, sus súbditos, sus seguidores y sus aplaudidores; evidencia de ello fue la frecuente repetición, desde el inicio, de la frase “amigas, amigos”.
Se trató de un discurso en el que la razón fue desplazada por la seducción de quien se sabe que aún tiene alto nivel de popularidad, aunque se niegue a escuchar que su gobierno está reprobado y que sólo ha empeorado todo lo que encontró que, dice, se terminó cuando llegó al poder: la corrupción, el nepotismo, la pobreza, la impunidad, la riqueza en unos cuantos, etcétera, pura estafa discursiva. Dicen los especialistas que el demagogo no busca amar sino el placer de ser amado y, en este caso, ha optado por la apariencia, el espejismo y el engaño para que lo sigan amando
No es que anteriores presidentes no hayan tenido algo o mucho de demagogos, pero el actual ha rebasado por mucho a todos los anteriores. AMLO está logrando llevar adelante el objetivo fundamental de la demagogia: la instrumentalización del pueblo, es decir, su utilización como una herramienta para satisfacer sus ambiciones personales.
Este presidente muestra en su discurso el uso de algunas de las estrategias de la demagogia que los expertos han definido, tales como:
La falacia (expresiones basadas en premisas falsas): “Lo hemos logrado sin subir los precios de los combustibles”.
Omisiones (evitar información para fortalecer su posición): No mencionar, por ejemplo, los crímenes en contra de periodistas, o que el 90% de los hogares han visto caer sus ingresos.
Estadísticas fuera de contexto (para apoyar su postura triunfalista), como en lo relativo a sus cifras sobre igualdad y pobreza.
Demonizaciones (satanizar a los adversarios para legitimar sus posturas y argumentos): “Campaña sensacionalista y amarillista de los adversarios”.
Control del lenguaje (Reforzar algún contenido para ganar credibilidad): “No se permite la violación de derechos humanos; no se admiten relaciones de complicidad con nadie y secombate la impunidad”; “Ya no domina la oligarquía sino un gobierno democrático cuya prioridad son los pobres”.
El discurso demagógico genera solidaridades y rechazos automáticos y, con ello, división en el pueblo y en la vivencia de valores. Se vive entre el amor y el odio, la justicia y la impunidad, la seguridad y el delito.
Y no obstante que al final de su discurso mencionó que “la revolución de las consciencias ha reducido al mínimo el analfabetismo político”, con este y otros discursos, sumados a sus prédicas mañaneras, el presidente, olvidando sus deberes y omitiendo los errores cometidos, sólo impide que el grueso del pueblo adquiera una consciencia política,.