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9 de octubre 2022

Lucas: 17, 11-19 1

En aquel tiempo, cuando Jesús iba de camino a Jerusalén, pasó entre Samaria y Galilea. Estaba cerca de un pueblo, cuando le salieron al encuentro diez leprosos, los cuales se detuvieron a lo lejos y a gritos le decían: «¡Jesús, maestro, ten compasión de nosotros!».

Al verlos, Jesús les dijo: «Vayan a presentarse a los sacerdotes». Mientras iban de camino, quedaron limpios de la lepra.

Uno de ellos, al ver que estaba curado, regresó, alabando a Dios en voz alta, se postró a los pies de Jesús y le dio las gracias. Ése era un samaritano. Entonces dijo Jesús: «¿No eran diez los que quedaron limpios? ¿Dónde están los otros nueve? ¿No ha habido nadie, fuera de este extranjero, que volviera para dar gloria a Dios?» Después le dijo al samaritano: «Levántate y vete. Tu fe te ha salvado».

Reflexión

Gratitud

Padre Nicolás Schwizer

Instituto de los Padres de Schoenstatt

Jesús ataca en todas las ocasiones el orgullo de los judíos, que se creen la raza elegida y los hijos preferidos de Dios: elogia la fe de un pagano; prefiere más la caridad de un samaritano al legalismo de un sacerdote y de un levita; declara que los publicanos y las prostitutas nos precederán en el Reino de los cielos; y en el Evangelio de hoy pone como ejemplo la conducta de un samaritano, en contraste con la actitud de nueve judíos.

Es indudable que Jesús fue enviado solamente a “las ovejas perdidas de Israel”. Pero, a la vez, anuncia la apertura del Reino a los innumerables forasteros que ocuparán el lugar de los primeros invitados.

Lo que alaba el Señor en esos paganos es su apertura de corazón, la ausencia de ese orgullo de “propietarios de la salvación”, su capacidad para admirarse, su disponibilidad ante la gracia.

Diez leprosos quedan curados, pero sólo a uno de ellos le dice Jesús: “Tu fe te ha salvado”. Lo que caracteriza a la fe del samaritano, es que suscitó su agradecimiento.

La verdadera gracia produce gratitud. La verdadera gracia nos pone, no sólo en estado de gracia, sino en acción de gracias. ¡La definición del cristiano no es que pida gracias o que las reciba, sino que las da! Y la Eucaristía, la gran Oración cristiana, es por definición Acción de gracias.

Todos los pueblos rezan, y todas las religiones piden. El cristianismo se distingue de las demás religiones por el hecho de que se resume en el agradecimiento. Para un cristiano, rezar es tomar conciencia de que ha recibido infinitamente más de lo que podría pedir; es hacer un inventario de las grandes cosas que Dios ha realizado con la pobreza de sus servidores; es revelar a los demás todos los regalos que el Señor nos ha hecho.

Fijémonos en el samaritano: Le agradece y glorifica a Dios en voz alta: se echa por tierra a los pies de Jesús.

¿Oramos nosotros así? El filósofo alemán Nietzsche les reprocha a los cristianos que no dan la impresión de estar contentos de su salvación. ¿Da testimonio nuestra alegría del don recibido? ¿Manifiesta nuestra generosidad la plenitud con la que Dios nos ha colmado?

Se empieza a ser cristiano entrando en la acción de gracias. Pero la acción de gracias no se limita a una oración o una ceremonia litúrgica. La acción de gracias es ante todo una acción.

Queridos hermanos, el Evangelio de hoy nos invita a un examen de conciencia sobre nuestra gratitud:

  • ¿Agradezco a Dios, siempre de nuevo, sus pequeños y grandes regalos de amor?
  • ¿Agradezco también a mis hermanos todo lo que hacen en beneficio mío?
  • ¿Mi vida podría definirse como una permanente Acción de gracias?

Meditemos un momento, en silencio, sobre nuestra actitud en esto.

MT

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