Durante los primeros días de la semana pasada, entes de los días santos, un amigo me pidió acompañarlo a realizarse algunos análisis generales y del corazón, acudir a consulta y obtener medicamentos gratuitos, todo ello en un solo lugar: una clínica administrada por el gobierno.
El tema me llevó a Dinamarca, con servicios de primer mundo financiados con los impuestos de los ciudadanos y en donde el paciente elige a su médico, mismo que brinda una amplia gama de servicios médicos, incluyendo diagnóstico, tratamiento y prevención de enfermedades, en clínicas y hospitales de alta calidad.
La cita para los primeros análisis era a las 7:15 de la mañana (comprensible dado que se requería ayuno de 12 horas) pero llegamos con casi una hora de anticipación. Mi amigo se integró a una fila de cerca de 30 personas y me pidió hacer lo propio en otra fila de casi el doble de individuos para obtener una ficha (de cartón pintada a mano) con la que, si alcanzaba el tiempo, le darían la cita con un médico.
Mientras yo esperaba turno, la fila en donde estaba mi amigo avanzó en perfecto orden (como los niños en la primaria) a esperar de pie a que le tocara su turno para que le extrajeran sangre y dejar su muestra de orina. En esa fila había varios adultos mayores, algunos visiblemente débiles y enfermos. Por mi parte, alcancé turno para obtener la cita a nombre de mi amigo, misma que me entregaron en un minúsculo pedacito de papel (cortado con los dientes) que en manuscrito decía: “Hora: 11:00 Cons 3”.
Luego de dejar su muestra y de la extracción de sangre, mi amigo procedió a esperar turno (parado) para que le tomaran Rayos X de tórax y luego de recibir sus placas, solicitó le tomaran un electrocardiograma, cosa que no ocurrió porque, le dijeron, primero debería tener la cita con el médico.
A esta altura, faltaban poco más de dos horas para la cita con el médico, tiempo suficiente para salir de la instalación y “desayunar”, en la banqueta afuera de la clínica, unos ricos sopes fritos en aceite, acompañado de un refresco, y una torta de tamal con su respectivo atole para un servidor.
De regreso a la instalación médica, sólo restaba buscar un lugar libre entre las filas de bancas de metal en el pasillo de los consultorios, para sentarnos a esperar a que lo llamaran. Llegó la hora de la cita y era difícil estimar cuánto tiempo más pasaría. En tanto, pasó una afanadora con una jerga húmeda para “limpiar” el piso a la voz de “le molesto por favor si levanta sus pies.” Aprovechando que nos levantamos del asiento, una enfermera llamó a mi amigo para tomar sus signos vitales (temperatura y presión arterial) y pesarlo y medirlo (sin quitarse zapatos ni chamarras, ni objetos pesados dentro de la vestimenta). “Me subieron 2 kilos de mi peso normal” comentó mi amigo.
En ese lapso finalmente pasó el primer paciente y, de pronto, se escuchó una voz femenina que reclamaba “¿por qué lo pasaron? Yo tengo la ficha 1” a lo que la enfermera detrás de una mampara de plástico semi transparente respondía “la llamamos, pero usted no estuvo atenta” y a partir de ahí, 3 minutos de discusión e intercambio de insultos a toda voz.
Estar en una instalación de salud como las de Dinamarca, es ver médicos y enfermeras vestidos totalmente de blanco (zapatos incluidos). En el alboroto, del consultorio 3 se asomó un señor cincuentón de pelo entrecano alborotado, vestido con una especie de overol azul oscuro y tenis del mismo color que, comenté con mi amigo, seguramente era un mecánico que estaba reparando algo. Error: era el médico que vería a mi amigo.
Mi amigo me comentó que era lamentable el desvencijado escritorio en que trabajaba el médico, quien se rehusó a dar la consulta porque no tenía el electrocardiograma ni los resultados de los análisis. Las explicaciones fueron inútiles; únicamente le expidió una receta para que la surtiera la farmacia de la propia institución y tuvo que solicitar una nueva consulta que le fue asignada para diez días después. Finalmente se formó en una nueva fila para surtir la receta y la sorpresa fue que de cuatro medicamentos sólo había dos en existencia; lo demás tendría que comprarlos en alguna farmacia.
Por supuesto todo esto ocurrió en una clínica del ISSSTE. El deseo de que hace dos años tendríamos servicios médicos como en Dinamarca quedó en otra populista promesa incumplida.