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25 de abril 2023

Mario Maraboto

En días pasados se publicó un reportaje que revela que el titular de Sedena realiza en compañía de su familia “viajes de terciopelo”: “En jets del Ejército, hoteles de alta gama, comidas y cenas en buenos restaurantes, viáticos en suficiencia, visitas a museos y lugares emblemáticos de las ciudades visitadas”, acompañado por ayudantes de campo, asistentes para él y su esposa, jefe de seguridad, médico, enfermera, intérprete, etc.

Al parecer, a muchos políticos y funcionarios públicos y a sus familias, inconscientemente les gana la vanidad y pierden de vista que su vida privada se vuelve pública y, por lo tanto, son objeto de seguimiento y cuestionamientos. El caso señalado -y varios más- llaman la atención dado que al tomar posesión del puesto de presidente, AMLO ofreció: “Nadie podrá viajar en aviones o helicópteros privados a expensas del dinero público” (como el General Secretario) y que ”Ya no habrá servicio médico privado para los altos funcionarios públicos” (como el Fiscal General de la República).

La vida privada de políticos y funcionarios, al igual que la de sus familias se convierte en interés público y, aun con las reservas de ley y de la protección de datos personales, mucho de lo que sucede en su entorno despierta la curiosidad y el cuestionamiento por parte de medios de comunicación, críticos y opositores. Son situaciones que muchas veces hacen que esos personajes sean recordados no tan gratamente.

Sucedía en el pasado, sigue pasando en el presente y no es exclusivo de nuestro país. A la esposa del presidente López Portillo se le recuerda por sus caprichos como hacer viajes internacionales “oficiales” con todo y piano de cola; el presidente Salinas tuvo un “Hermano Incómodo” que adquirió 41 propiedades sin poder comprobar el origen de los recursos para comprarlas. A Peña Nieto se le recuerda la famosa casa blanca de su entonces esposa, y ni qué decir de la familia del actual presidente: dos hermanos videograbados recibiendo sobres de dinero, una prima con contratos ventajosos, un director de CFE con más de 30 casas, y hasta un hijo con una lujosa casa gris en Houston, independientemente de amistades que plagian sus tesis profesionales.

Fuera de México, los hijos del ex mandatario colombiano Álvaro Uribe, hicieron crecer sus negocios personales y se hicieron millonarios en sólo dos años, durante la presidencia de su padre; durante su primer periodo como presidente de Brasil, los hijos de Lula da Silva fueron exhibidos pasando las vacaciones como cualquier magnate y comprando bienes millonarios. Inclusive Mark, el hijo de Margaret Thatcher, fue acusado de haber recibido una comisión millonaria por un contrato con Arabia Saudita, que su madre firmó en 1985 cuando era primera ministra.

El año pasado, el expresidente, considerado el más popular de la historia reciente de Colombia, fue privado de su libertad acusado de fraude procesal y soborno al encubrir a sus hijos; los de Lula fueron apoyados por su padre, entonces presidente quien respondía a las críticas diciendo que había mucha gente con envidia del éxito de sus hijos y hace poco asumió la presidencia por tercera vez. Mark Thatcher se refugió en Gibraltar y con el tiempo fue arrestado en Ciudad del Cabo por presunto financiamiento a un golpe de Estado en Guinea Ecuatorial.

Hoy, gracias a las redes sociales, se conoce de manera instantánea lo que sucede con las familias presidenciales hasta con voz e imagen. Lamentablemente no siempre llega la justicia, especialmente en ciertos países, gracias al poder y popularidad de los propios presidentes.

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