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12 de diciembre 2023

Mario Maraboto

La semana pasada la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) dio a conocer los resultados de la prueba del Programa para la Evaluación Internacional de Estudiantes (PISA, por sus siglas en inglés) señalando que los países de la OCDE promediaron 472 puntos en matemáticas, 476 en lectura y 485 en ciencias, mientras que México sólo logró 395 en matemáticas, 415 en lectura y 410 en ciencias.

El tema de la educación en México ha sido abordado por los diferentes gobiernos acorde a sus convicciones e intereses, sin lograr la consolidación de un modelo educativo que de una formación integral a los estudiantes. Como escribió el analista Luis Rubio el pasado domingo: “gobiernos van y vienen, pero los problemas del país siguen ahí”.

En el Siglo XIX, Juárez decretó unificar el plan de estudios de la educación primaria; Maximiliano promovió la publicación de la Ley de Instrucción Pública tomando como modelo el sistema educativo francés.

Con Porfirio Díaz, Ignacio Ramírez promovió una reforma educativa basada en la experiencia y en las necesidades sociales; su sucesor, Protasio Tagle, creó la Academia de Pedagogía para revisar los resultados de la reforma de su antecesor; Justo Sierra promovió un plan de educación al servicio del pueblo con “educación para la libertad” y una “pedagogía social”.

En 1921 se creó la Secretaría de Educación Pública (SEP) con la tesis de “moldear al alma del educando para desarrollar todas sus potencialidades”. En 1943 Jaime Torres Bodet definió a la escuela mexicana como “una enseñanza sin fines políticos” en donde “se prepare para la vida con un sentido de concordia y solidaridad nacional.”

En los últimos 30 años la educación ha pasado por diferentes reformas: En 1993 se actualizó el plan de estudios, en 1997 se reformaron los contenidos priorizando la enseñanza de español y matemáticas; en 2011 se buscó fortalecer la calidad educativa, en 2013 se hizo otra reforma para apoyar el desarrollo profesional docente, y en 2019 AMLO implantó la “nueva escuela mexicana” para “promover una educación integral, incluyente y de calidad para todos los estudiantes”.

Curiosamente, entre los principios de esta nueva escuela figuran formar en valores como el respeto a la dignidad humana, la justicia y la honradez, fomentar el diálogo para la solución de conflictos y el respeto a las diferencias, de todo lo cual el promotor de la reforma ha sido incapaz de dar testimonio.

Las deficiencias educativas se reflejan en la incapacidad de muchos profesionistas para realizar operaciones matemáticas básicas, identificar periodos históricos, escribir sin faltas de ortografía, o hablar de manera correcta y con cultura general. Lo malo es que con esa formación pueden llegar hasta la presidencia de México, para mal ejemplo y vergüenza de los ciudadanos.

En algo tiene razón la SEP respecto a los resultados de PISA: “no hay cambios significativos respecto a las ediciones anteriores de esta evaluación”. Así es, nada ha mejorado con la nueva escuela y más bien parece que está empeorando.

AMLO descalificó la prueba PISA por ser del “período neoliberal” que “sólo quería degradar la educación pública”, pero en dicho periodo no se buscó adoctrinar ni multiplicar la ignorancia y sí se apoyó la ciencia y la tecnología. Hoy, que se ha degrado la educación, queda el pendiente para la próxima presidenta: o se sigue deteriorando o se corrige. El ciudadano decide.

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